Felipe Cáceres Merello es militante de Nueva Democracia

¿Por qué recordar un evento que sucedió hace 100 años, cuyo rastro hoy ya no existe y que incluso en el país donde ocurrió ni siquiera se le celebra? Básicamente porque la Revolución Rusa es uno de esos momentos únicos que marcan la historia y la reconducen. Más aún, esa reconducción fue realizada desde la perspectiva de los/as trabajadores/as, de la gente sencilla, de los humildes. Vale por tanto no olvidar algunas de sus lecciones. Para ello quisiera en esta breve columna detenerme en tres elementos básicos.

En primer lugar, la revolución rusa fue ante todo un acontecimiento político que marcó la trayectoria del siglo XX, y lo hizo perfilando el camino para quienes soñaban con otro mundo posible. La Revolución Rusa entregó esperanza, marcó una épica y transformó la forma de ver el mundo hasta entonces. Tuvo tal impacto que dividió el mundo en dos no sólo geopolíticamente, sino también ideológicamente, culturalmente, simbólicamente y emocionalmente. De ahí en más la política se separaba básicamente entre los que hablaban de que una sociedad capitalista era el camino normal e ineludible de la humanidad y los que hablaban de otra sociedad, de otro tipo de Estado, de otra educación, de otras pautas de convivencia, de otro tipo de organización social. Esta escisión marcó también el rumbo de la mayoría de los países de este lado del mundo, abriendo una época de rebeliones y permitiendo, desde lógicas de contención de la revolución por parte de los sectores hegemónicos, avanzar en demandas populares a partir del surgimiento de los Estados de Compromiso (a la usanza de los Estados de Bienestar en Europa) y los regímenes nacional-populares, con alta incidencia de las organizaciones de trabajadores/as.

En segundo lugar, la Revolución Rusa es igualmente ejemplo de la culminación de una voluntad de poder, de la capacidad de incidir y lograr instalar una idea o un imaginario que pueda expandirse e irradiar a toda una sociedad y, con ello, articular una coalición, ampliándola a otras organizaciones y partidos. Recordar que los bolcheviques, a pesar de su nombre —en ruso, mayoritarios—, eran inicialmente una minoría dentro de los sóviets. Sin embargo, al llegar octubre los bolcheviques no sólo eran mayoría, sino que además sus consignas las debatían los soldados en el frente, las dueñas de casa, los obreros y los estudiantes. Los bolcheviques tienen la capacidad de convertir una línea política en una línea hegemónica y de establecer alianzas donde no eran mayoría (como en el campesinado). El estallido final de octubre será de esta manera un momento, un corolario de una victoria ideológica, política y cultural entre la población movilizada.

En tercer lugar, la Revolución Rusa demuestra la capacidad bolchevique de asumir la historia como viene y no como debería ser. El proceso revolucionario estalla en 1917, contra teoría, en la periferia del capitalismo, en un país atrasado, semi-feudal, con poca clase obrera e incluso con poca cultura política. La revolución rusa es por ello una ruptura con los dogmas, así como también una lección de creatividad transformadora, adaptando categorías, cuadros y formas organizativas a las necesidades históricas.

Actualmente avanzamos hacia una situación de incertidumbre, donde la globalización y su relato totalizante parecen en entredicho (las grandes potencias mundiales tienden al proteccionismo), donde la crisis ecológica se hace cada vez más evidente y donde, al menos en América Latina, se asiste a una fase tardía del neoliberalismo en clave de restauración conservadora (aunque sin capacidad hegemónica). En ese contexto, en el que se abren flancos para correr el cerco, resulta fundamental para una izquierda anticapitalista considerar estos elementos concatenados que nos deja la Revolución Rusa, a saber: a) cuajar un nuevo momento épico de la acción colectiva, una nueva narrativa, por medio de la formulación de ideas-fuerza que logren disputar el sentido común (considerar en serio la disputa de los medios de comunicación); b) mantener una vocación de poder, ampliando las alianzas que permitan ganar incidencia en el escenario político nacional; c) fortalecer el compromiso con el/la otro/a, asumiendo nuevas formas de participación que renueven la mística militante; y d) dar cabida a la audacia, para que las decisiones políticas no estén marcadas permanentemente por las mismas recetas. Ante nuevos escenarios, nuevas respuestas.

¿Será posible que el siglo XXI nos depare una escisión como la que produjo la revolución rusa? ¿Será posible que, en condiciones distintas, esos entusiasmos, esos sueños por otro mundo vuelvan a levantarse y transformarse en referente para el resto? Al menos algo sí parece claro: el mundo del siglo XXI necesita revoluciones.