Por Sergio Acuña y Soledad Ramírez
Encargado político nacional y Vocera nacional 
Movimiento Socialismo y Libertad

Nuestra intención es poder abrir un debate en relación a la disputa del sentido común neoliberal, desde el resurgir de una conciencia nacional-popular. A sabiendas de la complejidad del asunto quisiéramos referirnos aquí al cómo entenderemos algunas categorías y conceptos. Entenderemos lo nacional, en primer lugar, desde su sentido concreto: al hecho de haber nacido-en, una relación cultural e histórica de determinada comunidad con un territorio difuso de donde se es. La nación es, por tanto, una construcción, un artefacto político y cultural que hace relación con la formación social histórica y presente de un lugar.

Estamos en Chile, un país dirigido por la aristocracia criolla emancipada -de colonizada a colonizadora- que, para imponer su proyecto nacional y para adquirir su territorio actual, utilizó la violencia, el despojo y la usurpación. La historia es esclarecedora de este fenómeno, por ejemplo, la pacificación de la Araucanía. Lo que nos importa es establecer que la cultura nacional chilena, semejante a todas las culturas nacionales latinoamericanas, está fragmentada por la colonialidad. Existe la nación criolla, que pretende ser, antes que chilena, ilustrada (europea, occidental) y ojalá distinta a la España en decadencia. Existen los pueblos-naciones originarios -previos a la invasión de 1492- que han persistido hasta el día de hoy. Y existen otros pueblos-nación mestizos que asumen, aunque nunca de la misma forma o del todo, la comunidad imaginada por la oligarquía criolla.
“Siempre existe un afuera en donde los pueblos oprimidos trascienden la(s) pertenencia(as) que se van anudando en las contradicciones que atentan contra la dignidad de su vida”

Existen distintas subjetividades populares que se imaginan chilenas, la cultura nacional sería lo que es traducido parcialmente por los pueblos. Ser de Aysén o Arica, ser huasa, gaucha, magallánica, chilota o maulina, se oculta o ‘des-nacionaliza’ para entrar en lo que significa ser chilena. Sin embargo, existe una exterioridad popular que trasciende la subjetividad chilena-criolla de la misma forma que existen otras potenciales naciones. Entenderemos entonces, la subjetividad chilena, chilenidad o cultura nacional, como aquellos signos, valores y memoria que, recogiendo determinados símbolos populares, se han impuesto por las clases dominantes y que, ineludiblemente, se refleja en una sociedad fragmentada.

La conciencia colonizada del criollo es el fundamento de su nación y la mentalidad que nos aliena culturalmente. Esto implica pensarse como algo que no se es y se desea ser, pero no se puede hacer: ser europeo u occidental. Esto es ser nada, un proyecto nacional inviable porque reniega de la barbarie popular -indígena o mestiza- a sabiendas de que implica renegar de las mayorías, y también de ellos mismos. Se acepta la inviabilidad porque desean continuar haciendo lo mismo que sus antepasados que pisotearon esta tierra: acumular riqueza a través de la renta por el extractivismo.

Si bien hay ciertos criterios que persisten en el trayecto histórico, las subjetividades son ante todo dinámicas, cambiantes o históricas. No es lo mismo la chilenidad previa a 1973 que la que existe hoy. En el proyecto de la Unidad Popular, la cultura popular urbana -luego de la migración campo ciudad del siglo XX- arremetió políticamente, conquistando el gobierno y provocando el levantamiento del campo (reforma agraria), lugar originario de la mayor parte de la población urbana. Se vio posible o viable un proyecto nacional-popular. En 1974, a través de su declaración de principios, la dictadura hizo público su propósito imperioso de cambiar la mentalidad de los chilenos para “hacer de Chile una nación de propietarios y no de proletarios”. La dictadura invisibiliza la inviabilidad del proyecto nacional criollo terrateniente poniendo de manifiesto, a través del terrorismo de Estado permanente, la inviabilidad de cualquier otro proyecto. Una nación de propietarios que anula por la violencia cualquier otra nación posible.

Una subjetividad que al reflejarse en nuestros pueblos se siente como vacío, sufrimiento, alcoholismo o resignación. Es por ahí donde entra el sentido común neoliberal, cultura de masas o imperial que esconde la miseria de la cultura ilustrada criolla a través del consumo frenético de cosas, signos y estímulos, de una mentalidad de lo inmediato, del renegar de la historia propia e imaginar ser la continuidad de la historia occidental. Aunque siempre existe un afuera en donde los pueblos oprimidos trascienden las pertenencia(s) que se va anudando en las contradicciones que atentan contra la dignidad de su vida. Se puede manifestar en la brecha que abren los movimientos sociales en la totalidad cultural del orden vigente, su potencia se origina de esa exterioridad popular, por eso es espontánea, incierta a cualquier cálculo político. Habría que entrar a preguntarse, ¿Qué acciones, símbolos o memoria pueden conectar la liberación nacional de los pueblos-nación de Chile con la complejidad de las mismas culturas populares? ¿Cómo se hace evidente la inviabilidad del proyecto criollo para que se manifieste como factible un proyecto político de liberación? RPS

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