PENSAR Y PROYECTAR LA IZQUIERDA EN EL CHILE DE HOY: DESAFÍOS EN EL CORTO Y MEDIANO PLAZO

Cristián Cuevas
Integrante Mesa Ejecutiva Nueva Democracia

En estas semanas posteriores a las elecciones del 19 noviembre y ad-portas de la segunda vuelta, se ha instalado un escenario convulso, de gran incertidumbre, en que las fuerzas hegemónicas han caído presas de la ansiedad y sus contradicciones. Sin duda, ello responde a lo sorprendente de los resultados, que han dejado al Frente Amplio como una tercera fuerza con capacidad real de disputar de acá en adelante el curso del país, producto de su alta votación presidencial, de una bancada considerable y de un programa que se atreve a cuestionar abiertamente el modelo social, económico y político instaurado en dictadura. Después del 19 de noviembre, es posible decir que ha habido un cambio en la historia y que de manera muy tenue aún, quizás, se ha resquebrajado el orden neoliberal en Chile que ya crujía desde hace una década.

Sin embargo, como fuerzas emergentes no estamos lamentablemente exentos de ese cuadro de ansiedad. En el Frente Amplio, lo repentino de los resultados nos han sorprendido con la realidad de que muchas de nuestras organizaciones aún poseen precarias y débiles formas orgánicas y están en sus propias batallas por sostenerse y responder a los desafíos que se abren.

Este domingo viviremos la segunda vuelta electoral disputada entre las dos coaliciones que han administrado estos 27 años de la soñolienta democracia chilena. Es una disputa al interior del bloque gobernante, entre quienes buscan suavizar el neoliberalismo, otorgarle legitimidad al modelo suavizando sus efectos, y quienes aspiran a su restauración y profundización.

“De ganar la derecha, arriesgamos indiferenciarnos en una sola oposición, compitiendo el lugar interpelador con las fuerzas de la Nueva Mayoría”Esta vez, sin embargo, se trata de una segunda vuelta distinta. Si bien el sistema político chileno ya había asumido la existencia de una segunda vuelta en que se medían ambas coaliciones, esta vez se da en un escenario distinto. Hasta ahora las fuerzas duopólicas actuaban siempre en el marco del consenso establecido a fines de los 80’, asegurando la estabilidad del modelo y los esfuerzos críticos no pasaban de ser un gesto.

Si bien el Frente Amplio no es parte de la segunda vuelta, no es un observador ajeno al cuadro, sino que parte destacada del mismo. En esta ocasión, la emergencia del Frente Amplio pareciera haber socavado y desestabilizado el pacto consensual neoliberal, por lo que su actuación ante la segunda vuelta requiere considerar de manera distinta los elementos del juego político.

Si antes bastaba simplemente con marginarse o sólo actuar con tímidos gestos, el nuevo escenario que se abrió nos puso como protagonistas, pero sin que poseamos un libreto que nos indique cómo actuar, de modo que nos hemos visto atravesados por la pregunta de qué hacer y qué papel jugar.

El Frente Amplio viene con el frescor de lo nuevo pero bajo la amenaza de la mala política que muchas veces no nos deja ver el horizonte o que nos paraliza ante la indefinición y nuestra falta de práctica en las grandes lides de la política. La discusión actual, que se resume en votar por el candidato de la Nueva Mayoría o bien marginarse (ya sea anulando, votando en blanco o no yendo a votar), es una situación que la izquierda ya ha vivido en las últimas cuatro segundas vueltas presidenciales. Esta vez, no obstante, la situación ventajosa del Frente Amplio genera una dinámica distinta donde, más allá de la candidatura de la NM, son las proyecciones de crecimiento del Frente Amplio las que se ponen en juego.

En otras ocasiones, en la izquierda apelábamos a un voto ético, debido a que no teníamos la fuerza suficiente para generar presión real en el escenario político. Lo que justificaba nuestro comportamiento en segunda vuelta eran nuestros principios éticos, de modo que votar o no se revestía de un carácter político en función de los principios que defendíamos y que nos llevaban a rechazar al carácter falseador de la Concertación que, revestida de progresismo, finalmente defendía posiciones conservadoras como administradores del modelo. Se trataba de un gesto o testimonio político justificado en nuestra perspectiva ética. Esa, a mi modo de ver, es una situación totalmente distinta a la que tenemos hoy, pues no sólo es un gesto o testimonio lo que está en juego, sino la afirmación política de lo que hemos logrado. Sin dejar de lado nuestros principios éticos, nos vemos en la necesidad de votar por el candidato de la Nueva Mayoría porque en términos políticos es la alternativa que más nos asegura que podamos proyectarnos como fuerza emergente y afianzar nuestras aún incipientes conquistas. De ganar el candidato de la derecha, arriesgamos disgregarnos e indiferenciarnos en una sola oposición, compitiendo el lugar interpelador con las fuerzas de la Nueva Mayoría. Por el contrario, de ganar la Nueva Mayoría, nos aseguramos fortalecer nuestro rol de impugnadores de la coalición contando, además, con una bancada parlamentaria que deberá confrontar al Gobierno con sus promesas y a evidenciar sus contradicciones, buscando la proyección de nuestra influencia en sectores progresistas y de izquierda de la Nueva Mayoría descontentos con el más que probable traslado de esta hacia posiciones moderadas.

Ahora bien, para el futuro ¿Qué nos falta para que las ideas de la izquierda avancen en este siglo XXI y no se diluyan en la cooptación eficiente que el neoliberalismo ha logrado en las mayorías con su industria cultural, política y económica? Creo que debemos volver con más fuerza e inteligencia a disputar el sentido común no sólo en términos discursivos; debemos volcarnos al mundo popular y mostrarles que podemos representar una mayor consistencia con la defensa de sus necesidades e intereses. Se trata de ir a disputar la influencia sobre aquellos sectores que hoy producto de esta devastación y desesperanza producida por el neoliberalismo están secuestrados por la ultra derecha, el fundamentalismo religioso y el clientelismo. Debemos, sin duda, asentarnos también en las capas medias, aquellas que producto del endeudamiento y el desmantelamiento de sus derechos, viven el agobio del sistema, evidenciándoles que su situación e intereses no son muy distintos de la de los más pobres.

Debemos también mirar y pujar por un nuevo sindicalismo que lea los cambios del mundo del trabajo y los modos de explotación actual. En esto, debemos estar alertas ante la robotización en amplios rubros productivos que amenaza la continuidad de miles de puestos de trabajo, precarizando aún más las condiciones de vida de millones.

Todo esto lo debemos construir desde las experiencias de luchas del movimiento social y popular chileno y latinoamericano, de sus victorias y sus fracasos, formando una militancia critica, vigorosa, que asumiendo la riqueza del conocimiento académico, sea autónoma de los intereses de las elites, produciendo un conocimiento teórico y práctico que sea fiel reflejo de las necesidades de las mayorías.

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