El neoliberalismo es mucho más que una doctrina o racionalidad económica favorable a una élite. A 40 años de su inserción en Chile, representa una sensibilidad y una mentalidad que han penetrado muy profundamente en el suelo de las creencias populares. El neoliberalismo es ante todo hegemonía, una forma de ver el mundo que traza un horizonte de elementos posibles de otros que no lo son.

Hoy cuando se busca hacer política en términos masivos, es bueno recordar que esa forma de ver el mundo es la que en gran medida define las tensiones entre lo deseable y lo realizable. Un proyecto político de izquierda con vocación de poder que pretenda instalarse desde ese sentido común, sin necesariamente poner en tensión las bases ideológicas que lo sustentan, debe asumir los riesgos de incorporar intereses y demandas que podrían no diferenciarse del todo de cualquier propuesta conservadora.

En ese sentido, al neoliberalismo no se lo puede vencer sólo en términos de reorientar la gestión económica o por medio de la entrega de ciertos bienes y servicios públicos desde el Estado (como los derechos a salud, educación y pensiones), sino fundamentalmente a través de generar una cultura diferente, que modifique las formas de relacionamiento cotidianas. Hoy por hoy resulta imperativo ser antineoliberal tanto en lo económico como en lo cultural.

La tarea resulta compleja y de largo aliento, pero la oportunidad está ahí, mucho más cerca que antes. Existen fisuras en el consenso posdictatorial y un malestar que, con mayor o menor intensidad, parece estructural a los tiempos que corren. El bloque neoliberal aún mantiene una condición hegemónica, aunque con un mínimo nivel de cohesión social y una lábil legitimidad política. 
¿Será posible que, cual ave de carroña, se puedan detectar y desgarrar aquellos ejes del sentido común neoliberal que, aun cuando se mantienen en la superficie, se encuentran como animal moribundo, ya sin conexión vital con la experiencia?