Constanza Schönhaut es Secretaria General del Movimiento Autonomista y Cristóbal Cortés es miembro de la Dirección Nacional del Movimiento Autonomista

Ante la pregunta que provoca este debate (¿política de alianzas o fortalecimiento interno?), cabe responder: ni lo uno ni lo otro. De lo que se trata es de construir una voluntad política que, en la medida que es un ejercicio de síntesis, inevitablemente implica un cambio en el carácter los agentes que buscan construirla. Por tanto, va más allá de una política de alianzas que no modifica el carácter de los involucrados. Por otra parte, más allá de centrarnos en el Frente Amplio actual, se trata de avanzar en lo que necesitamos y podemos construir a la luz de lo que nos plantea el ciclo político que se abre.

El piñerismo toma la iniciativa política

La derecha triunfa holgadamente en la segunda vuelta. La candidatura de Sebastián Piñera logra conectar con los miedos y anhelos de franjas sociales que viven frustradas condiciones de desenvolvimiento en el consumo, que buscan mejores condiciones de integración social, y que, en esta ocasión, han resuelto su representación política aún bajo las lógicas propias de la subjetividad neoliberal.

El debate político al interior de la derecha parece estar cruzado ya por la constatación de que en Chile existe una crisis de representación política de la cual se han propuesto hacerse cargo y buscará procesar políticamente en clave neoliberal lo que, en términos muy generales, reconocemos como malestar social. Precisamente, idea de una “segunda transición” tiene el objetivo de producir un consenso social que revalide los pilares del Chile posdictadura, construyendo un proyecto de conducción de la sociedad que dispute el sentido común y cierre las grietas que se le han abierto durante la última década.

La ausencia de proyecto en la Nueva Mayoría

Nos encontramos frente a una coalición derrotada electoral y políticamente, pero en ningún caso desarmada. Derrotada políticamente, porque, tras la derrota en segunda vuelta, terminan de agotarse los estertores del proyecto de la Concertación y, por lo pronto, no parece haber desde allí una capacidad de producir otro proyecto con capacidad de disputar la conducción de la sociedad. Pero aún es un actor armado, esto es, cuenta hoy aún con muchas herramientas para intervenir en el escenario político. El fuerte asedio hacia el Frente Amplio y el intento por subsumirlo en una oposición cuyo único objetivo es la resistencia hacia la derecha es una señal precisamente de esa capacidad.

El Frente Amplio asesta un golpe destituyente al orden de la transición

Las elecciones parlamentarias y presidenciales terminan de confirmar la irrupción política del Frente Amplio. El peso político con el que se instala es ineludible y lo perfila como un actor central de la oposición. El Frente Amplio reordena el escenario, pone una piedra de tope para la recomposición del pacto de la transición e instala un actor que tiene la potencialidad de producir un proyecto político alternativo de conducción de la sociedad.

Es en este sentido en que se hace necesario avanzar en su perfilamiento ante la sociedad y el año 2018 parece ser un año propicio para ello, construyendo un para qué de su existencia que vaya más allá del golpe destituyente sobre el escenario político. En este caso, perfilarlo no implica moderar su diversidad. Al contrario, el rumbo del Frente Amplio se definirá en el diálogo de una diversidad de actores. La discusión sobre su perfilamiento es, entonces, la discusión sobre qué ideas y proyectos buscamos hacer gravitar en las definiciones de la coalición.
El sentido y la oportunidad de una confluencia

La discusión sobre una eventual confluencia de fuerzas radica en la posibilidad de construir un proyecto político que, con sentido estratégico, pueda aprovechar las distintas experiencias acumuladas. Su potencialidad no está en una suma numérica en torno al cálculo pequeño de pesos internos. Nuestra discusión se sitúa en las necesidades que plantea la disputa política. Desde una formulación inicial, dos preguntas deben guiarnos: por un lado, ¿cómo construimos una salida posneoliberal a la democracia restringida y el neoliberalismo corregido presente en Chile?, y, por otro, ¿cómo construimos la iniciativa política del Frente Amplio en el marco de la oposición al gobierno de Sebastián Piñera?

Una clave para comenzar a trazar esta constitución es comprender el devenir de este escenario desde una creciente tensión entre una suerte de “progresismo de derechas” y un proyecto posneoliberal en construcción. Se trata de construir una respuesta a la pregunta sobre cómo nos hacemos cargo del malestar social y de la crisis de representación política oponiéndonos al proceso de recomposición y cierre social sobre el cual hoy la derecha tiene la iniciativa. Esta oposición es lo que condiciona los marcos de nuestra iniciativa y relación con la Nueva Mayoría.
Para ello, el Frente Amplio debe hacerse cargo de las vastas y mayoritarias franjas sociales que aspiran a mejor desenvolvimiento en el consumo y cifran sus expectativas en los marcos neoliberales. Expresar estas identidades implica superar una apelación exclusiva a la movilización social y construir una disputa de relato político que produzca un sentido común en base a los elementos que hoy existen en nuestra cotidianeidad cultural: símbolos y narrativas de la vida del Chile postdictadura.

Implica también ser capaces de articular ideas de futuro. Fuera de repetir como mantra los diagnósticos clásicos, es necesario reconocer las efectivas tendencias sociales y económicas del Chile de hoy, los conflictos que surgen de ellas, y construir orientaciones para su politización. Para ello, enunciamos, al menos, tres claves de análisis: las nuevas formas de producción económica, las nuevas formas de construcción de identidades, y las nuevas formas de organización y participación política.

En síntesis, ¿para qué confluir? Para construir un proyecto posneoliberal que busque superar la democracia restringida y el neoliberalismo corregido presente en Chile, cuyas orientaciones busquen disputar el sentido común y articular ideas de futuro que se hagan cargo de las efectivas tendencias presentes en el Chile postdictadura.

¿Qué tipo de confluencia producir?

Iniciar el camino no asegura llegar a buen puerto. Necesitamos generar un proceso de discusión transversal, que se comprenda como hito de inicio y no como consumación de una voluntad política. Solo será posible consumar otra voluntad política de la mano de la participación conjunta en luchas sociales y de la convivencia militante. Lo importante hoy es generar el marco sobre el cual se irá encauzando este proceso. 

Ahora bien, es necesario empujar que el inicio de este proceso se de en un marco como el antes descrito. Así, es central el liderazgo de los agentes que sean capaces de intencionar una síntesis de la diversidad interna, empujar el debate hacia los desafíos que plantea la disputa política nacional, situar este mismo debate como una intervención política, controlar la tentación hacia los golpes de efecto, superar la negociación orgánica, y poner por delante la construcción de acuerdos políticos progresivos.

Precisamente por las barreras que hoy existen, es necesario explicitar y enfrentar las diferencias. Su invisibilización sólo será perjudicial para la solidez de un proceso que implicará un cambio en los agentes que hoy participan. No se trata de decretar el fin de las identidades, sino de construir un proceso político que vaya haciendo irrelevantes las antiguas y abriendo la puerta a otras propias de la política a proyectar. No es la ingenua aspiración por poner fin a las diferencias: se trata de potenciar un diálogo de diferencias acorde a los desafíos políticos que ahora toca enfrentar.

Ello implica varios cuidados:

Debemos cuidar de dar un debate en torno a apuestas políticas, centrado en el futuro de Chile y en el rumbo que debe encauzar al Frente Amplio. 

Es tan necesario un proceso de discusión democrático, como una discusión profunda y sustantiva. 
Iniciar este proceso con sentido de urgencia, pero sin ansiedad, tomándonos los tiempos que sean necesarios para darle un buen cauce. 

Debemos construir un proceso que sea en sí mismo una intervención política, pero cuidando que la pauta esté en nuestras manos y no en la presión mediática.

Al mismo tiempo que somos capaces de dotarnos de garantías de diálogo, debemos ser capaces de reconocer los pesos específicos sobre los cuales se da la discusión, justamente, para que el diálogo sea real y virtuoso, reconociendo los distintos resultados de la experiencia acumulada. RPS