Cristián Rojas Cortéz es Militante de Nueva Democracia

En estos últimos diez años en Chile, en que pareciéramos vivir una especie de “primavera de movilización democrática”, el feminismo ha adquirido una legitimidad en el sentido común nacional que antes le era totalmente ajena. Si hace no muchos años atrás -unos diez o más años- al feminismo se lo consideraba como una verdadera extravagancia, hoy goza de una creciente adhesión, lo que ha ido de la mano de la instalación de nuevos estándares de prácticas y corrección política.

Entre tomas y marchas, las demandas y expresiones ligadas al eje sinuoso de la sexualidad y el género parecieran haber logrado salir del espacio ultra minoritario de hace unos años y generar transformaciones no poco importantes a nivel cultural y político. Es así que, en la actualidad, no es posible el planteamiento de una agenda política o de movilizaciones que no considere un posicionamiento respecto al género y la sexualidad y evidencia de lo anterior es la transversal identificación con el feminismo de las organizaciones estudiantiles de izquierda y su más reciente proyección a la política general nacional.

De manera mucho más visible y concreta, este aparente “giro feminista” se ha hecho evidente en las masivas marchas contra el femicidio, la más favorable valoración del aborto en la sociedad chilena (que dio sustento a su despenalización en tres causales), las demandas por una educación no sexista y por el acceso a educación sexual en el sistema escolar y la mayor visibilidad de aquellas formas menos explícitamente violentas en que se expresa el machismo (distintas del femicidio), tales como el acoso callejero y otros gestos y expresiones de las disparidades de privilegios aún existentes entre hombres y mujeres, lo que ha llevado, por ejemplo, a la implementación de protocolos contra el acoso y la violencia de género en las organizaciones estudiantiles e instituciones educativas. Hoy, es cada vez más parte del sentido común corriente, en especial en la izquierda, que no es tolerable la desigualdad basada en el sexo y el género y que las prácticas de violencia contra las mujeres no son aceptables y merecen una sanción social y política.

Es indudable que estas transformaciones han generado un escenario distinto, puesto que cualquier avance en favor de disminuir los efectos del machismo y la normativa de la heterosexualidad obligatoria significa un alivio muy concreto en la vida de las personas. Ello por cierto no implica que deba asumirse una posición complaciente, ausente de crítica y que no deba evaluarse las condiciones en que el feminismo y el discurso feminista buscan instalarse en la actualidad. Y es que, a pesar de los avances anteriormente citados, existen en una parte importante del feminismo local notorias debilidades e inconsistencias políticas e ideológicas que requieren ser abordadas de manera crítica, puesto que amenazan las principales promesas emancipatorias del feminismo.

Al respecto, creo que existen dos puntos a los cuales atender. En primer lugar, existe una tendencia a considerar que una práctica o decisión política al definirse como feminista o expresar que se sustenta en dicho fundamento ideológico, inmediatamente, por ese sólo hecho, adquiere un carácter irrefutable, que no puede ser cuestionado, puesto que de hacerlo, se arriesga asumir de facto, un argumento “patriarcal”. Este mismo nudo de conflicto es el que se expresa cuando se niega la posibilidad de que el feminismo pueda ser debatido, confrontado o criticado en sus enunciados ideológicos, olvidando que el feminismo no constituye un cuerpo ideológico y político único, sino diverso y dinámico, que continúa desarrollando un sinnúmero de tesis y líneas reflexivas, muchas de las cuales son opuestas entre ellas. Un feminismo tratado en términos dogmáticos termina restringiendo sus posibilidades de despliegue y desarrollo y boicoteando sus posibilidades transformadoras.

Un segundo punto, mucho más fundamental que debe ser atendido, es el de la tendencia a considerar que la lucha contra la violencia de género constituye el aspecto central del feminismo, olvidando que se trata tan sólo de un síntoma. Es evidente que se debe luchar por erradicar el femicidio y la violencia basada en el género, pero la violencia de género es el síntoma y no la raíz o fundamento que sostiene la opresión basada en el género o el sexo. Y es que atrapado en la búsqueda de conectar con el sentido común, logrando masividad, este “feminismo de masas” termina transformándose en una especie de «populismo feminista” que se vuelve puro sentido común, esencializando a la mujer como sujeto oprimido y, por lo tanto, naturalizando su lugar de víctima. Frente a esto, hay que decir que una política feminista basada únicamente en la identificación como víctimas, al ubicarse en el marco estricto de “hombres opresores/mujeres oprimidas”, queda sujeta al peso de la violencia naturalizante que es constitutiva de ese binarismo. Al hacerlo, hace de la mujer una interdicta moral, puesto que se la considera esencialmente inocente y víctima, incapaz de ejercer violencia sobre otros y, por lo tanto, incapaz de actuar a favor de su emancipación; imposibilitando, al fin, toda posibilidad de alteración de ese orden estable, puesto que refuerza el gesto que relega a las mujeres a una posición subordinada y objeto de atención paternalista.

Se trataría de un retorno a un ya superado feminismo de la diferencia, que como señala Nelly Richard (2012), olvida la necesaria vinculación con otras “formas de luchas plurales”, las que hacen difusa la diferencia entre los términos “mujer” y “hombre”, al evidenciar las múltiples contradicciones y juegos de opresiones y privilegios que se encuentran al interior de cada categoría. Es quizás por esa similitud al feminismo de los años 70 y 80 (poseedor de una serie de suspicacias respecto de la sexualidad por su posible carácter esencialmente masculinista y patriarcal), que el feminismo actual termina asumiendo una discursividad proclive a ser cooptada por el conservadurismo y por un programa que en vez de imaginar una sexualidad distinta, no sexista, confía en demasía en la regulación legal de la sexualidad.

Asimismo, al verse atrapado en eso que el sentido común denomina como “guerra de los sexos”, pierde capacidad de proponer(se) nuevas formas de imaginar y producir identidades y nuevos modelos de relaciones sociales que superen el sistema familiar tradicional heteronormado, que es posible determinar como parte del soporte de aquello que denominamos como patriarcado.

En contraposición, es necesario proponer un feminismo que más allá de sus declaraciones, sea “radicalmente radical”, es decir, que se proponga un marco radical de transformaciones culturales y sociales, que descrea de toda naturalización y esencialismo, sospeche de cualquier identidad estable, sea consciente de sus propios privilegios y rechace la victimización y el paternalismo.

En términos programáticos, debería tratarse de un feminismo que se proponga superar el esquema familiar tradicional, socializar la reproducción de la vida y asumir la emancipación sexual y la producción de formas no sexistas de sexualidad como parte fundamental de su ideario para, finalmente, habilitar a las y los oprimidos a hacerse cargo de su emancipación.

Tal vez, parafraseando a Jacques Derrida el feminismo deba realizar el doble gesto de “sostener las reivindicaciones emancipatorias y el combate de identificación social, pero sin abandonar el otro gesto crítico de desconstruir la noción de identidad que lo mueve para impedir que se institucionalice”, evitando así la aparición de esencialismos y dogmatismos fácilmente traducibles al sentido común conservador. RPS

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