Felipe Lagos Rojas 
Investigador Fundación CREA y del International Institute for Philosophy & Social Studies 
Militante Nueva Democracia

La crisis económica abierta en 2007-08 ha debilitado las modalidades del neoliberalismo con rostro humano para dar paso a sus versiones más descarnadas y rapaces. Esto ha significado la pérdida de libertades y derechos para gran parte de la población mundial. Sandro Mezzadra y Brett Neilson han señalado que la actual crisis migratoria afecta al globo completo (ver La Frontera como Método), presionando por la redefinición de fronteras, límites y formas de relacionarnos y asociarnos.

Por cierto, la crisis migratoria es solo una entre las múltiples y catastróficas consecuencias de la globalización neoliberal, en su combinación de acumulación por desposesión y disminución de derechos y libertades (ver David Harvey, Breve Historia del Neoliberalismo). Esta crisis ha mostrado entonces ser no puramente económica (como si algo así existiera), sino humana y ecológica. En su transcurso, ha despertado una ola de discursos y prácticas de odio que parecían, si no extinguidos, al menos distantes de los espacios de decisión política. Hoy, estos discursos (y algunas de sus prácticas) ocupan el centro de la política mundial. Y
mientras sus contenidos manifiestos o nacionales pueden variar de color según la geografía, es posible pensar que algunas de sus formas se encuentran hoy circulando y siendo adoptadas de manera efectivamente global. La hipótesis que guía estas reflexiones establece que existe más de un vínculo entre el crecimiento de la extrema derecha y los propios soportes culturales de la globalización neoliberal.

El reciente libro de David Neiwert, Alt-America: el ascenso de la derecha radical en tiempos de Trump, ofrece la oportunidad de reflexionar acerca de la normalización de esos discursos, amparada (cuando no directamente fomentada) por los medios de comunicación. Neiwert es un reconocido periodista, uno de los principales investigadores de la extrema derecha norteamericana, siendo él mismo de tendencia liberal-demócrata.

Alt-(US)América: explicación del mundo y la política

Alt-America se propone clarificar las bases sociales y culturales no sólo de la elección de Trump, sino del proceso general de normalización de los discursos y prácticas de odio. En el compuesto alt-right, el prefijo alt sirve para acortar alternativo/a, y ambos términos tienen la misma importancia en la ecuación. La idea de derecha alternativa comienza a circular profusamente desde 2009 (es decir, desde la primera presidencia de Obama), buscando marcar su distancia respecto al denominado conservadurismo mainstream del Partido Republicano (desde Reagan hasta el clan Bush). El libro analiza la historia subterránea, pero suficientemente visible, que condujo a la alt-right a desplazar al conservadurismo mainstream de su cómoda hegemonía.

Ahora bien, la referencia a una Alt-América es más amplia y refiere a un conjunto de creencias que han ido ganando adeptos en la extrema derecha. Se trata de teorías conspiracionistas (pp. 46-48) según las cuales la globalización, el cambio climático, el multiculturalismo, las guerras a distancia, los impuestos federales y los derechos sociales, por poner solo algunos ejemplos, forman parte de un plan secreto de dominación, para algunos el Nuevo Orden Mundial, o el sionismo internacional para los grupos neo-nazis. Para todos, Nixon y Reagan, los clanes Bush, Clinton, Obama y Angela Merkel son parte de esta conspiración, así como la Reserva Federal norteamericana y la Unión Europea, la ONU y el FBI, el complejo industrial-militar, etc. En último término, los conspiradores buscarían reducir a la población norteamericana en campos de concentración, los cuales ya estarían siendo construidos, incluso utilizados.

A su vez, estos grupos comparten una lectura sui generis de la constitución norteamericana, según la cual el representante último de la ley no es el gobierno federal ni la corte suprema sino el county sheriff, y donde el derecho a portar armas (respaldado por la Segunda Enmienda de la Constitución) es la garantía última de defensa contra la tiranía. La imposición de la ley marcial, esto es, la suspensión de derechos civiles y confiscación de armas, resulta ser la amenaza mayor, la que termina por mezclarse con las conspiraciones respecto del cambio climático o el aborto. Términos como guerra económica y guerra cultural, supuestamente en contra de la población blanca o de la propia constitución, son utilizados en abundancia.

En particular, el cambio climático es considerado un fraude que busca desplazar a la población de sus tierras, para ser apropiadas por el gobierno. Neiwert cita a Rhodes, un reconocido supremacista blanco, quien frente al estado de emergencia decretado por Obama en New Orleans ante el paso del huracán Katrina, escribió en una columna en internet: “Un poco de mal tiempo anula la Segunda Enmienda”. Por otra parte, y combinando cristianismo obtuso, machismo y conspiracionismo, argumentan que el aborto es una estrategia para hacer decrecer la población blanca, y que el sexo (léase: las violaciones y otras agresiones sexuales) ha sido transformado en un crimen político.

Neiwert clarifica que históricamente el populismo de derecha en los EE.UU. es una mezcla entre productivismo y nacionalismo de Estado mínimo (representado en las ideas del American dream y el self-made man). Sus enemigos declarados son las elites políticas y financieras tanto como las clases empobrecidas y marginalizadas, pues ambas parasitan del Estado. La noción de igualdad no constituye valor alguno para este sector, debido a que entiende que la desigualdad es una condición natural, y en consecuencia cualquier esfuerzo igualitario conduce necesariamente a la tiranía. El Obamacare (un programa tímido, realmente mínimo, de salud pública universal) resulta así ser la máxima expresión del totalitarismo de la administración anterior.

Asimismo, este sector liberó un hostigamiento sostenido hacia Obama, acusándolo de ser un presidente ilegítimo por haber nacido supuestamente en Kenia y no en Hawái. Estas acusaciones terminaron siendo un tremendo caldo de cultivo para esparcir la idea de que, durante su presidencia, Obama impondría la ley islámica (Sharia). Desde antes de comenzar su campaña, pero con mayor fuerza durante ella, Trump se transformó en la voz de los Birthers, los incrédulos de la versión oficial del nacimiento de Obama.

No es de extrañar que, durante los últimos años, la defensa de estas ideas haya tomado cuerpo en movilizaciones de unidades civiles fuertemente armadas, sea para controlar las fronteras y combatir la inmigración, o para rebelarse en motines armados contra los impuestos u otras obligaciones federales. Neiwert documenta la profusa ocurrencia que estas dos formas han tenido en los últimos años, agrupando a Patriots, neo-Confederados, Tea-Partiers, veteranos de guerra, neo-nazis, y otros ciudadanos (US)americanos y cristianos.

Supremacismo blanco (y macho) al centro de la política

Sin duda la principal característica de la alt-right es su indisimulado supremacismo blanco. En palabras del supremacista blanco Jared Taylor (citado por Neiwert), EE.UU. es por definición una nación autoconcientemente europea y mayoritariamente blanca (p. 221). La raza [Nota del autor: para dejarlo claro desde el principio, a diferencia de los discursos racistas, entiendo este término como categoría ideológica, no científica ni descriptiva] es entendida como un juego de suma cero: si una raza gana la otra pierde. Así, las minorías de color son vistas como parte de una estrategia de exterminio blanco, siendo además funcionales a las elites liberales por cuanto constituyen su fuente de votos. Uno de los slogans del sector es: “La pureza racial es la seguridad de América”. Otro: “La diversidad es genocidio blanco” (o genocidio por integración), una idea que es resumida en el hashtag #WhiteGenocide, el que ha sido retuiteado múltiples veces por Trump (pp. 225-228).

Entre 2009 y 2010 el término Alternative Right fue puesto en circulación como muestra de que el conservadurismo mainstream no ha sido capaz de representar los intereses de la población blanca (p. 235). Neiwert sugiere que la rápida popularización de su versión corta, alt-right, contribuyó en hacer más digerible su incómodo contenido concreto (el supremacismo blanco), facilitando su progresiva incorporación en el espacio político con la complicidad de poderosos medios como Fox News. Desde Breitbart.com, el conocido influenciador Milo Yiannopolulos sintetizaría el sentir del sector diciendo: “Durante décadas las preocupaciones de aquellos que valoramos la cultura occidental han sido abiertamente ridiculizados y descartados como racistas (…) La alt-right es el resultado inevitable” (p. 247) Al discurso xeno-racista que ya era marca registrada de BreitBart y del sector, Yiannopolulos suma una furibunda misoginia, que tiene numerosos seguidores en internet.

Uno de los términos favoritos de la alt-right, que quizás los describe de manera elocuente, es el insulto cuckonservative para referirse al mainstream conservador. (Por supuesto, un insulto dice mucho más de quien lo emite que de aquel a quien es dirigido). Cuckon puede ser traducido como cornudo, y tiene claras connotaciones misóginas, pero también racistas, en tanto sitúa el motivo de la infidelidad femenina en el supuesto contraste entre los cuerpos masculinos Afro-Americano y blanco (siendo este último el cuckon). Menos literalmente, un cuck es un sujeto débil, feminizado. Y es que uno de los aspectos más celebrados por los adherentes de Trump es no sólo lo que ellos consideran decir la verdad, sino sobre todo no pedir disculpas y terminarse imponiendo de esta forma (a lo macho).

La oposición a esa forma de decir la verdad es lo políticamente correcto (political correctness o PC). Lo PC es identificado como la forma hipócrita pero hegemónica del discurso político actual. En las narrativas más recalcitrantes, es un producto del Marxismo cultural (p., 229), un término acuñado por Kevin McDonald a comienzos de los noventa para describir la perniciosa influencia de la teoría crítica (léase: todo lo que no sea conservadurismo) en los espacios públicos y académicos. En palabras del Consejo de Ciudadanos Conservadores, “racismo, sexismo y chovinismo son armas poderosas en la guerra psicológica Marxista contra los valores de la América [sic] tradicional. Lo políticamente correcto, el producto de la teoría crítica, es realmente traición contra la constitución de los EE.UU. y contra América [sic]” (p. 224).

“Uno de los triunfos de la racionalidad neoliberal en Chile es la sedimentación de una forma particular de individualismo posesivo, ese sujeto credit-card empresario de sí mismo, y que goza (o cree gozar) de privilegios”Lo PC aparece como una dictadura de la virtud que estrangula la libertad de discurso (free speech). Por supuesto, el discurso anti-PC deja claro que son los otros, la diversidad no blanca, quienes se benefician de lo PC. Trump ha tomado seriamente esta bandera en su ataque a todo lo que no le sea afín. Del mismo modo, movimientos como Black Lives Matter, las protestas feministas, las organizaciones de defensa a los migrantes o las campañas por la regulación de la tenencia de armas, son todos leídos como acciones aunadas bajo la gramática de este Marxismo cultural.

El libro de Neiwert tiene (entre otros) el mérito de describir la fusión progresiva de estos grupos y discursos alt-right, y también el de mostrar convincentemente que, de no haber emergido una figura como Trump, su destino probable habría sido el de fragmentación a través de luchas fraticidas por temas de estrategia o ideología. Hoy, este sector no sólo ha logrado instalarse en el centro de la política, sino que entiende que este es solo el comienzo en el esfuerzo de devolver al país a lo que consideran su orden natural. El lema de Trump Make America Great Again (Hagamos América [sic] Grande Otra Vez) puede ser también leído como hagámosla blanca (y macho) otra vez.

La alt-right en tiempos de globalización: algunas notas preliminares

Quisiera recurrir a un aspecto desarrollado por Brenna Bhandar en su contribución al reciente número especial Imperialism para ViewPoint Magazine (disponible en ViewpointMag.com), para reflexionar acerca de las condiciones de expansión global del extremismo de derecha. Bhandar sugiere que a la base de estos discursos se encuentra el miedo a la pérdida de seguridad, algo que ciertamente afecta en mayor medida a quienes han tenido (o imaginado concretamente) estabilidad y comodidad antes de ver amenazado dicho estado. La noción de individualismo posesivo caracteriza un sujeto que comprende su acción desde la propiedad exclusiva de, y el control absoluto sobre, un bien o conjunto de bienes. Extrapolada al plano geopolítico o (inter)nacional, Bhandar nos habla también de un nacionalismo posesivo para identificar esta ansiedad por mantener o recuperar las seguridades y pertenencias nacionales.

Especialmente en tiempos de crisis, este sujeto se verá amenazada por cualquier ganancia (real o imaginada) de otro. La mentalidad posesiva opera de ese modo: cuando otro gana, invariablemente yo pierdo. Y muy frecuentemente, las motivaciones dispares que estos miedos canalizan se aglutinan bajo retóricas y narrativas étnico-culturales acerca de lo nacional, lo propio.

Esto no solo es válido para la población blanca privilegiada en EE.UU., o para Europa. Uno de los mayores triunfos de la racionalidad neoliberal en Chile es la sedimentación de una forma particular de individualismo posesivo, ese sujeto credit-card empresario de sí mismo, y que por ende goza (o cree gozar) de privilegios. Esto se ve expresado en la transmutabilidad que tienen las ideas de trabajador, empresario y emprendedor: así como todos somos clase media, también todos somos empresarios o emprendedores.

Ayudado por los medios de comunicación (y crecientemente por las redes sociales), este individuo posesivo termina por trasladar sus ansiedades al plano político y geopolítico, donde la globalización y financiarización de la economía mundial afectan creciente y decisivamente la capacidad soberana de poner límites, de marcar fronteras entre un nosotros y los otros. Esto permitiría explicar que el nacionalista posesivo chileno se entienda a sí mismo como parte de una comunidad étnica y cultural con derechos soberanos sobre su territorio, por ejemplo para demandar la expulsión de los otros (los no nacionales, pero en general todo aquel que no calza con la definición de lo propio – pienso en LQTBG), o incluso para tomar medidas por mano propia, si fuese necesario.

En Chile, el crecimiento de los discursos de odio ha corrido en paralelo al aumento de
la presión social por transformaciones en todos los planos. Se trata de un país cuya autopercepción étnica se ha construido sobre la base del genocidio indígena y la subyugación militar y territorial de nuestros vecinos del norte, y cuyo conservadurismo patriarcal es bien conocido en el mundo entero. El marco multicultural del neoliberalismo con rostro humano dominó parte importante del pasado reciente de nuestro país. Aun comportando formas sofisticadas y flexibles de dominación neoliberal (más que de emancipación popular), este multiculturalismo implicó procesos de politización importantes. Y, si asumimos que toda politización conlleva siempre un exceso, un plus que trasciende a sus adherentes tanto como a sus categorías y formas de procesamiento, es simplemente esperable que el aparato multicultural completo se encuentre hoy desbordado, y junto a él sus definiciones de tolerancia y pluralidad, e incluso la misma idea de derechos.

Con esto, quiero decir que la politización de la raza, la etnia y el complejo sexo/genérico, y en general todo el proceso de articulación de los/as subalternos/as, sin duda despertará la reacción del sujeto posesivo que sostiene el orden neoliberal, el que parece encontrarse listo para ser la primera línea de fuego en la defensa del equilibrio social que siente disputado. Como decía Bertold Brecht, un fascista es un burgués asustado; mutatis mutandis, un chauvinista (racista, xenófobo, machista o misógino, o más generalmente una combinación de las tres) es un emprendedor asustado, al cual no le importará mucho la coherencia racional de la discusión acerca de derechos, tolerancia y pluralismo a la hora de defender lo suyo.

Como muestra el caso de EE.UU., el discurso hegemónico, suficientemente abstracto, técnico y poco legible para la mayoría (o, peor aún, muchas veces en abierta contradicción con la propia experiencia) puede ser puesto bajo fuerte sospecha, para lo cual el nacionalista posesivo no dudará en recurrir a atajos para explicarse los males propios y ajenos. Sobre todo, en un marco de creciente pérdida de credibilidad de las instituciones, y del propio sentido de la democracia. En EE.UU. la oportunidad para explotar políticamente este nacionalismo posesivo fue dada por la crisis económica, y se vio estimulada por think-tanks y una poderosa maquinaria que incluyó en su momento al Tea Party y Fox News. La alt-right transformó el desencanto hacia el orden en un torrente irracional de conspiracionismo, intolerancia y barbarismo, en el centro del país que aún hoy se entiende a sí mismo como el centro de la civilización contemporánea.

Además de recomendar la lectura de Alt-America, este texto quiso proponer algunas reflexiones acerca de las condiciones globales para que una forma política basada en discursos de odio e intolerancia anide en el centro de la política. La izquierda chilena debe prepararse para esta disputa, que no es otra que la disputa por los sentidos comunes, ahí donde estos últimos muestran su cara más contradictoria. Porque ese individuo posesivo es muchas veces el mismo que sale a la calle por mejores pensiones o educación (que no es sino otra forma de decir que algunas veces, es una o uno mismo). En Chile, el período abierto de redefiniciones de lo político trae consigo el enorme desafío de trascender los marcos del sentido común neoliberal y multicultural. Tal vez hay que comenzar por hablar, de una buena vez, acerca de los límites del sentido común multicultural, y de nuestras propias concepciones sobre tolerancia, pluralismo y derechos humanos. RPS