Carolina Guerra es Secretaria Orgánica de la Dirección Nacional del Movimiento Autonomista

Las personas nos desarrollamos en la sociedad con la ayuda de ciertas certezas y proposiciones mínimas para entender y gestionar la vida en sus diversos ámbitos, a través de una serie de creencias y preceptos que nos disponen de una determinada manera hacia el mundo.

Hablamos del sentido común cuando hablamos de esas categorías compartidas que nos permiten explicarnos la vida en sociedad, el rol de las especies, de las personas, etc. clasificando los elementos del mundo en lugares comunes que nos hacen más fácil, comprender la realidad, tomar decisiones y posturas ante todo tipo de fenómenos.

Cuando ese sentido común se erige sobre conocimientos espurios, o información falsa y/o incompleta -a fin de generar antagonismos horizontales (como pueden ser interclase, intergéneros, etc.) y esconder las profundas razones que están a la base de las problemáticas sociales, la desigualdad, y la precarización de la vida en todos los aspectos- hablamos de un sentido común colonizado por los principios del neoliberalismo. Lo anterior le permite al capitalismo seguir evolucionando sin obstáculos, incorporando nuevas formas de precarización de la vida de las mayorías (el endeudamiento como falso recurso que mejora la vida, por ejemplo), versus el enriquecimiento de un pequeño y privilegiado grupo.

Así, las sensaciones de malestar que sienten las mayorías, pueden verse como respuesta a las manifestaciones más superficiales de la vida cotidiana, y no necesariamente a los elementos que le dan origen. Un ejemplo de ello es considerar como problema central de nuestro sistema de pensiones (no de las personas), sus bajos montos, y no un sistema de capitalización individual que responsabiliza a mujeres y hombres de las lagunas previsionales, y que por tanto provocan sus bajos montos. No se considera por ejemplo, que las lagunas previsionales de las mujeres son consecuencia de una accidentada trayectoria laboral, producto de largos períodos de inactividad en el mercado del trabajo, ocupadas en labores domésticas al interior de sus familias. Las personas, así como las políticas que se generen para ello, poco control tienen sobre los altibajos de la economía y sus repercusiones en el mercado del trabajo. Por tanto un sistema de capitalización individual generado para que las personas paguen los costos de un mercado laboral que no puede asegurar un bienestar estable, termina siendo un ejemplo de las injusticias a las que el capitalismo nos somete, pero que, nuestro sentido común no alcanza a percibir, sino su manifestación más superflua, como son las bajas pensiones, y la precariedad que se experiencia en la vida cotidiana en la que se expresa el malestar.

Lo anterior obliga a las organizaciones políticas, los movimientos sociales y grupos subalternos organizados, a disputar el sentido, para construir proyectos de transformación, remirando los principios de un socialismo para el siglo XXI.

En contexto fuera del electoral y habiendo pasado como conglomerado el Frente Amplio a ser un actor relevante dentro de la política institucional, y al mismo tiempo, manteniendo su arraigo en diversos movimientos sociales, como por ejemplo el estudiantil, cabe preguntarse ¿En qué consiste la disputa por el sentido común?, ¿Significará, en términos burdos, en tomar el sentimiento de malestar que aqueja a los sectores oprimidos y más vulnerables de la sociedad, apropiándose de los sentidos que operan en la vida cotidiana, para acumular poder en las bases populares y capas medias, y con ello proponer reformas desde la política institucional, por ejemplo?

A mí juicio no, y en esta breve columna se intenta proponer una mirada alternativa a la descrita sobre la disputa por el sentido común para un proyecto político que pretende una salida socialista y, por ende, feminista al capitalismo (pues no es posible el socialismo sin el feminismo).

El sentido común neoliberal opera instalando las lógicas del mercado en nuestra experiencia cotidiana, en donde se esperan respuestas individuales a problemas que nos aquejan colectivamente. Por lo tanto, intervenir el sentido común, implica desmitificar lo que se cree obvio o dado, y generar fisuras necesarias para ir deconstruyendo las categorías neoliberales que colaboran para que las personas no comprendan el origen de los problemas sociales, ni exploren otras salidas posibles a las que ofrece el propio neoliberalismo. Al mismo tiempo, las izquierdas debemos observar los mecanismos que el neoliberalismo ocupa para instalar su lógica en el sentido común, y no responsabilizar a las personas por cargar con el velo de la ignorancia. Uno de estos mecanismos es reforzar los valores del sacrificio individual, lo cual permitiría salir de la precariedad que funda su malestar. Lo curioso, mirado desde la experiencia cotidiana de las personas, es que a iguales sacrificios, no todas las personas pueden superar el infortunio.

Ante la ausencia de un proyecto de sociedad que se levanta sobre los principios de una economía solidaridad y valores comunitarios, por ejemplo, el sentido común neoliberal se reafirma en la atomización de la sociedad, haciendo de las familias una extensión de la individualidad y una herramienta de sobrevivencia en el capitalismo. Asimismo, las personas somos constantemente encasilladas en roles funcionales al sistema, generando antagonismos horizontales que no solo nos dividen, sino que además impiden ver el origen de los problemas que nos aquejan y que vivimos en soledad.

Entre los fundamentos del sentido común neoliberal, encontramos axiomas de verdad tales como: la familia como pilar de la sociedad, el rol de las mujeres como pilar de la familia y sociedad, los peligros de la migración, la racialización de los empleos precarios, la terrorificación del pueblo mapuche, etc.

La supremacía de un sentido común neoliberal y su expresión en la vida cotidiana, no implica en lo absoluto que su disputa deba darse exclusivamente en términos tácticos, útil en contextos electorales. Serviría más bien considerar, que dicha disputa implica tomar estratégicamente las hebras que nos permiten las experiencias de la vida cotidiana y de cómo se vive el malestar, para con ello evidenciar las estructuras de desigualdad y las múltiples formas de explotación en el capitalismo. Ello implica imbricarse en el tejido social desnaturalizando lo que parece obvio, y no reforzando los criterios que operan en el sentido común, con el único fin de hacer sentido a las mayorías, sin cuestionar las categorías neoliberales que operan por debajo de sus manifestaciones más evidentes. Los medios de comunicación de masas juegan un rol imprescindible, así como la inserción en los dispositivos normativos de la sociedad, como son las escuelas, los proyectos de educación crítica, no sexista, etc.

Lo anterior, quiere decir que no se trata de repetir, sin cuestionamientos, que la lucha por los derechos de las mujeres, por ejemplo, es necesaria por el valor que la sociedad nos otorga (como es el supravalor de la maternidad, o porque somos el sostén de la familia), sino, evidenciando que el capitalismo se sostiene en las labores de reproducción de las familias, correspondiente a un trabajo no remunerado realizado por mujeres, es decir, reproduce la fuerza de trabajo (todavía relevante para la economía) necesitando de la doble explotación soportada en nuestros cuerpos. Por ello, el valor de la lucha feminista es emancipatoria y no esencialista, en donde no basta con denunciar lo malo que es explotar a las mujeres, sino que requiere entender el origen de dicha explotación, sobre la cual, además, se han construido los roles de género atribuidos socialmente, originando a su vez, la violencia hacia nosotras.

Finalmente, poner en común las bases de la desigualdad originadas en el capitalismo -y las funciones que el sistema nos otorgan a mujeres, hombres y LGTBIQ (incluyendo la funcionalidad de la heteronorma para la reproducción humana)– permitirá, desde el feminismo, tomar las experiencias individuales en la vida cotidiana para abordarlas desde lo colectivo, generando una fisura necesaria del sentido común neoliberal que separa al individuo de su comunidad. Con ello, podremos iniciar nuevas formas de organización y movilización social, así como gestar un nuevo proyecto político emancipador, abarcando todos los espacios que sean posibles. RPS

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