Pavel Guiñez es coordinador del Grupo de Apoyo Programático de Pueblos Originarios del Frente Amplio

“¿Qué cree usted de personas que quemaron vivos a un matrimonio de ancianos? ¿Que queman las iglesias con niños y mujeres dentro? ¿Que destruyen las plantaciones de sus propios compañeros del pueblo mapuche?”
Extracto entrevista a Sebastián Piñera en Univisión.

Para la derecha, la situación en la Araucanía luego del 62.4% de votación es meridianamente clara: evitar el riesgo de extensión del conflicto mapuche hacia territorios hasta ahora pasivos y terminar para siempre con el mentado conflicto que significó más de un dolor de cabeza en el primer gobierno de Piñera, todo mediante un plan que combina sin mucha inteligencia la receta clásica de Portales, tan conocida en los gobiernos neoliberales y post-transicionales en Chile y lugar común de conservadurismos de derechas e izquierdas: Desarrollo económico para el vulgo y criminalización para la movilización política.

¿Es que entonces el pueblo mapuche es de derecha? ¿Seremos ignorantes los indios? Mientras nos inunda la desazón de los resultados olvidamos preguntarnos: ¿Por qué el pueblo mapuche debía votar, como cosa normal, por un candidato de izquierda chilena? ¿Es acaso algo tan obvio?
Parece que olvidamos que gracias al dominio sin contrapesos del proyecto neoliberal durante 4 décadas, expresado en la inexistencia de referentes alternativos capaces de disputar, condensar y proyectar las aspiraciones populares y darles viabilidad política en términos económicos, políticos y culturales, tanto mapuche como chilenos terminamos por carecer del domicilio ideológico suficiente, inscrito en las coordenadas izquierda-derecha, que permitan cifrar la elección en cánones éticos o en posiciones estratégicas, simplemente porque al parecer la posición se cifra más en escoger a quien exprese mejor el éxito en este modelo para tener un mejor pasar. Es finalmente un asunto de viabilidad y la izquierda aún no demuestra esa viabilidad.

En particular, el pueblo mapuche ha sido objeto durante al menos un siglo de crudas políticas asimilatorias; un despojo material significativo del territorio que desplazó a ¾ de la población a las ciudades, creando un ejército de pobres disponibles para el proceso industrializador y a la vez vastas extensiones de tierra para la explotación desenfrenada de productos agrícolas y forestal.

Dicha política asimilatoria tiene también varios frentes: en lo económico a través de la enajenación del control de la propia forma de subsistencia y su redireccionamiento hacia el patrón capitalista; en lo político a través del desmembramiento constante de los modelos de representación y participación política y la imposición, suplantación e invisibilización de los liderazgos tradicionales propios; en lo cultural, por la imposición de sistemas educacionales que enajenaron la autonomía del conocimiento a través de los internados, iglesias y escuelas, y por supuesto por medio de la represión permanente de las expresiones socioculturales que permiten construir conocimiento.

En definitiva, se nos intentó exterminar por medio del hambre, el despojo, la pobreza y el olvido. Sin embargo ello no fue posible y nuestra identidad emerge reclamando un espacio simbólico y material, reconociendo un territorio propio y determinado, una historia común unida a miles de historias individuales de similar impronta cuyo sacrificio fue ocultar nuestros saberes hasta que pasara el chaparrón, la vida propia es un chispazo en la hoguera de los pueblos, resistir también es parte de vencer.

Nuestra identidad surge con una manera de ver el mundo y organizar la sociedad propia en el ahora y en el futuro en sus más diversos ámbitos y dimensiones, y sobre todo separa un nosotros que resiste versus un otros que sojuzga. El mapuche genera también relaciones de fuerza, instala una tensión en el mapa social que le permite acumular, avanzar y también retroceder. Es decir, nuestra identidad mapuche surge articulada como nación en lucha, como proyecto político emancipatorio y nacional; una hermandad histórica de origen y destino por ahora desterrados y errantes pero con un territorio definido y conocido donde vivificar nuestros derechos, independiente de las condiciones económicas presentes, absorbidos mas no asimilados, escondidos para subsistir, esperando tarde o temprano vertebrar nuestra voluntad política de vivir en común en un lugar determinado, escogido y delimitado desde antes de nuestra propia existencia.

Los frutos no maduran a golpes, y falta aún para que el proyecto autonómico mapuche genere una expresión orgánica que establezca un marco estratégico para el despliegue de un proyecto social y político con militantes disciplinados y desplegados por todas las expresiones de la vida, pero nada que haya que forzar al punto de hacerlo peligrar. Tanto en Chile como en el Wallmapu debemos abrir camino a las aspiraciones contenidas en nuestros pueblos, sociedades diferenciadas en proyección histórica, imposibles de ser contenidas y hegemonizadas.

Debemos generar ese proyecto de futuro en un marco de alianzas que reconozca la lucha de dos pueblos con su respectivo crisol de expresiones políticas y de miradas de mundo, canalizarlos por medio de la recuperación cultural y simbólica, y precisamente en reconocer esas carencias mutuas y sus probables complementariedades radica nuestra oportunidad, articular equilibradamente nuestra diferencia de manera sinérgica pero con respeto a la independencia, apostando por nuestra consolidación estratégica como pueblos hermanos, factor clave del éxito de los pueblos contra un mismo enemigo, y en ese respeto y comprensión del abismo ante el futuro, el Frente Amplio no puede errar. Ni calco, ni copia, sino creación heroica. Viviremos y venceremos. RPS