Vicenta Pešutić García es escritora e investigadora

Quizás, bastaría con replicar la frase que alguien, en el horizonte milenario de esta discusión, bien dijera alguna vez: si los hombres se embarazaran, el aborto sería legal. Pero como parece no bastar, podríamos agregar, por qué no, un detalle que la completa: la representación parlamentaria femenina, la presencia de mujeres legislando en cada uno de los congresos nacionales que se reparten por el globo, constituye, en sí mismo, un fenómeno nuevo. Tan nuevo como en contraste se erigen las decenas de años de vida humana que preceden a esta inclusión histórica. Esto podría fácilmente leerse como uno de los motivos por los cuales la discusión pública a este respecto, su lugar en la política de Estado, se presenta como debate igualmente nuevo. Como controversia contemporánea. Porque la correlación entre ambas cosas – la incorporación tardía de la voz y el voto femenino al parlamento y la legalización tardía del aborto- no puede de ningún modo ser arbitraria.

No puede serlo porque la aparición repentina de esta preocupación pública y su instalación como eje de discusión prioritario constituye, en realidad, una ficción. Una ficción que intenta situar el problema de la legalización del aborto –y tantos otros afanes sanitarios, sociales y de género- como bastión del progresismo, como ejemplo de cierto avance de la política regional y de cierta apertura evolutiva del pensamiento. Cuando no es más, en su revuelo y en su polémica, que la consecuencia casi ridícula de la perpetuación a voluntad y conciencia de un sistema de opresión generalizada sobre las mujeres, que las excluyó de toda participación política hasta hace muy pocos años. Porque las mujeres vienen abortando exactamente desde el mismo momento en que comenzaron a parir: se traspasan desde tiempos inmemoriales unas a otras mejores y peores técnicas de interrupción del embarazo, exploran prácticas de resguardo sanitario, se apoyan entre ellas en estos procesos y discuten acerca del tema desde mucho antes que cualquier congreso codificara la temática sobre la mesa legislativa. Pero por la misma razón lo que más han hecho ha sido guardar silencio: han susurrado en los sótanos de una casa ante el temor a la escucha del patrón o del sacerdote, se han retirado misteriosamente a los campos por meses bajo excusas inverosímiles, se han reído y también han llorado de dolor a espaldas del opresor.

No parece casual entonces que Argentina cuente con una de las representaciones parlamentarias femeninas más numerosas del mundo, excediendo por mucho al resto de América Latina. Este mismo exceso podría considerarse como uno de los factores que la haya llevado, quizás, a encabezar hoy la marcha regional hacia la emancipación de los derechos de las mujeres sobre sus cuerpos, sus necesidades, sus deseos y sus quehaceres. Porque allí donde se vota para sancionar, mucho más allá del ideal de velar por el siempre problemático bien común, cada quien reconoce y valida lo que reconoce y valida como propio, justo por ajustado a la experiencia, real por realizarse la satisfacción de una necesidad. Así, una política sin participación femenina –sin aquellas que lo practican- jamás habría comenzado a discutir siquiera la posibilidad de una ley de aborto, a no ser que ese debate se hubiera adscrito exclusivamente a cierta fría y objetivable urgencia de control de las tasas de población.

El resto, toda la discusión moral subyacente, es, como se dice, literatura; literatura patriarcal, reproducida por comodidad, herencia, costumbre o ignorancia por hombres y por mujeres en todas partes. Porque ya lo puntualizara un lúcido filósofo argentino: el aborto no constituye un problema metafísico, acerca de dónde comienza o no la vida –que equivale a hacerse preguntas tan abstractas como si existe o no el alma, cuestión tan subjetiva como teorías al respecto maneja la ciencia o credos y doctrinas diversos existen en el mundo-, es un problema político. Y ante los problemas políticos, ante los problemas sanitarios, el conservadurismo se vuelve, paradójicamente, inmoral. Porque permite que se sigan perpetuando vergonzosamente las desigualdades sociales, que las mujeres sigan aún hoy abortando en condiciones de inseguridad y riesgo para su salud y que millones de jóvenes no tengan idea de cómo tratar su propia sexualidad.

Porque sobra decir que por legalizar el protocolo de aborto no se producirán más abortos… ¿sobra, no? Sobra decir que no saldremos todas en masa a embarazarnos para experimentar la magnífica libertad de un proceso tan difícil y doloroso como el de “poder abortar”… ¿sobra, no? Sobra decir que legalizando el aborto tampoco se obligará a nadie que esté éticamente en contra del procedimiento a llevarlo a cabo – es más, esperamos que justamente pueda contar con la libertad y la información suficientes para poder decidir a conciencia personal-…. ¿sobra… no? ¿qué es lo que falta, entonces, por decir? RPS