Francisco Figueroa es militante de Izquierda Autónoma

El fin del ciclo progresista en América Latina y el avance de las derechas nacionalistas en los países del norte demuestran con dureza que las contradicciones del capitalismo avanzado no son suficientes para, por sí solas, ponerlo en verdaderos aprietos. El propio crujido de la hegemonía neoliberal ha develado la dramática carencia de una estrategia para su superación. Es que no existen “ventanas de oportunidad” por fuera de las relaciones concretas de fuerza entre quienes luchan por conservar o subvertir un orden. Se requieren sujetos para convertir crisis en oportunidades. De ahí la centralidad de la construcción de izquierda para los anhelos emancipatorios del presente.

Esta tarea es particularmente urgente en Chile, habida cuenta de la oportunidad que constituye el ocaso de la Concertación y del régimen binominal de la transición, y la amenaza que al mismo tiempo supone el agresivo avance de la derecha. Los claroscuros del momento que nos toca vivir nos interpelan a asumir que una nueva etapa histórica, más democrática y justa, sólo podrá abrirse a condición de construir un proyecto político capaz de ampliar los límites de lo posible y ensanchar socialmente la democracia. Reimaginar la izquierda, entonces, es una tarea ineludible. Vayan aquí algunas proposiciones en materia de ideario y prácticas políticas para nutrir el debate.

Soberanía y libertad: banderas irrenunciables

Una de las grandes paradojas de nuestro tiempo es que pese a los inéditos avances tecnológicos y la inmensa acumulación de riqueza, la soberanía de las personas sobre sus vidas individuales y colectivas está gravemente amenazada. Somos esclavos de las deudas, de trabajos que exigen mucho y retribuyen poco y de un modo de convivencia que pone el imperativo del lucro y la productividad por sobre la valoración integral de las personas. Para organizar las energías que resisten estas tendencias deshumanizadoras, la izquierda debe asumir la importancia de las banderas de la soberanía y la libertad en la lucha contra nuevas servidumbres económicas y políticas y por crear condiciones para la real autodeterminación de las personas y la sociedad.

El socialismo es un proyecto vigente

El ideario y la tradición socialista constituyen una herramienta imprescindible para la interpretación y transformación de la realidad. El socialismo no es ni una doctrina estática ni la promesa de un futuro ideal, sino un proyecto emancipador en permanente actualización a través del cual la humanidad puja por tomar las riendas de su propio destino. Además la fuerza creadora del trabajo humano, fundamento del socialismo, no ha hecho sino ganar relevancia. Si organizarlo como fuerza de negación del orden establecido es más difícil que ayer no es por su pérdida de centralidad, sino por su expansión, mutación y ubicuidad. Al socialismo entonces hay que repensarlo. No imitando al pasado, sino a partir del movimiento real de las diversas luchas emancipadoras para articular desde su seno una izquierda transformadora.

La interdependencia entre socialismo y feminismo

Las luchas de las mujeres y la disidencia sexual por subvertir el orden de género establecido están a la vanguardia de la defensa y expansión de la libertad humana en la actualidad. Durante mucho tiempo la izquierda fue indiferente e incluso hostil a la apropiación política del feminismo, pero el propio desenvolvimiento de las luchas sociales demuestra hoy la necesaria interdependencia entre feminismo y socialismo. Es que no hay socialización plena del poder sin desarticular la opresión de género, ni superación de dicha opresión sin desarticular las bases materiales de su reproducción. Socialismo y feminismo deben entrelazarse en la construcción de conciencia y fuerza política transformadora.

El poder no se toma, se construye

El siglo XX demostró que la toma del poder estatal, ya sea por la fuerza o por las urnas, no es suficiente para la construcción de una nueva sociedad. Confundir socialismo con estatismo sigue generando estragos en los movimientos de cambio, porque la retirada de la esfera de la sociedad hacia la esfera del gobierno aliena a la izquierda de las fuerzas sociales que son el fundamento del cambio histórico. De lo que se trata es de democratizar el Estado para socializar el poder. La lucha institucional es imprescindible para conseguir cambios significativos, pero como una de las dimensiones en las que se juega la elaboración de capacidades materiales para construir un mundo distinto.

Nuestra tarea es organizar, no representar

No hay futuro para la izquierda si su única trinchera es la lucha electoral. Tampoco si asume con los movimientos sociales una relación de uso y no de construcción. No lo hay porque la capacidad transformadora de la realidad reside en la auto-organización de las mayorías trabajadoras y su autonomía política. Por eso el dilema de la izquierda no reside en encontrar un “lenguaje” que haga “más sentido” a “la gente”, como si su tarea fuese representarla desde arriba, sino en organizar una fuerza social capaz de construir formas de convivir y producir basadas en la cooperación y la libertad en lugar de la competencia y la dominación. Allí reside su fundamental acumulación de fuerza.

La necesaria diversidad y flexibilidad del partido

Los partidos como los conocimos se acabaron. Fueron desfondados por la creciente individualización y fragmentación social. En Chile y América Latina, además, el exterminio de generaciones completas de luchadores políticos y sociales impuso un abismo entre el acumulado histórico de los partidos populares y sus herederos. Pero la solución no es imitar el paisaje, naturalizando la balcanización de la izquierda en estrechos movimientos. Debemos construir movimientos amplios y diversos, generando procesos inter-generacionales e inter-sectoriales de aprendizaje, construcción de saberes compartidos y resistencia contra la despolitización. De lo que se trata es de identificar lo común de las luchas emancipatorias del presente para organizar desde allí nuestra política. RPS