Sabrina Aquino es integrante del Equipo de Feminismos y Disidencia Sexual de Nueva Democracia

Como equipo editorial, planteamos algunas interrogantes a la compañera Sabrina Aquino.

Las actuales movilizaciones feministas han sido señaladas como históricas. El feminismo ha alcanzado masividad en el apoyo de la ciudadanía y ha tenido un impacto en el escenario político, incluso, imponiéndole su agenda al Gobierno. Hemos visto además cómo personalidades de todo ámbito se han autodenominado “feministas”, una palabra que hace unos años era duramente rechazada. Ante este escenario, el concepto “feminismo” pude significar muchas cosas.

¿Qué es lo que según tú define al feminismo? ¿Cómo lo definirías? En la actual coyuntura, ¿cuáles son los desafíos, ausencias y fortalezas del movimiento feminista universitario? ¿Cuáles crees tú que debieran ser los próximos pasos?

Lo que define el feminismo -o más bien, los feminismos, porque son muchos- es la subversión, el rechazo a la jerarquía y el apego a la colectividad, en función de un cuestionamiento del orden patriarcal. El feminismo, así, es tanto una filosofía política, una ideología, una agenda de transformaciones, como también, en algunas ocasiones, una vanguardia que se orienta a la disputa de poder para un cambio estructural de la sociedad. Desde allí se propone cuestionar las prioridades de la vida en el sistema económico, político y cultural, por medio de una práctica política que vislumbra una dimensión ética y política de y para la colectividad.

El horizonte que las compañeras feministas que se movilizan hoy en día en las universidades plantean, sin duda es muy potente y esperanzador. Me tocó ir a un par de asambleas de mujeres en las universidades en toma y me gustó mucho lo que vi y escuché en las discusiones.

Es algo inédito, histórico. Para mí, como extranjera radicada en Chile, es emocionante poder estar presente y vivirlo. Confieso que me provoca una gran euforia. Nuestra sociedad está tan colapsada y de una manera tan violenta que no es casual que la efervescencia feminista haya logrado un porcentaje tan alto de simpatía de parte de la ciudadanía.

Por lo mismo, sin embargo, no es simple la tarea de seguir alimentando y profundizando las reflexiones, pues los desafíos son muchos para el movimiento feminista estudiantil. Primero, pienso que hay una gran batalla que dar para voltear el sentido común, pues aunque se tenga gran apoyo, el rechazo obviamente existe. Y hacerlo sin caer en una especie de “simpleza”, que haga perder la radicalidad transformadora propia del feminismo contra-hegemónico, ni esté fácilmente a disposición de ser cooptado por una derecha ávida de subirse al carro. Esa es la gran clave de este punto.

Por una parte, hay mucha despolitización, pero a la vez mucha voluntad de absorber todo lo que se pueda, aprender en conjunto y eso es tremendamente positivo. No obstante, una preocupación que tengo es que en esta dinámica, los movimientos feministas que actualmente están activos en el espacio académico no caigan en una especie de “mujerismo” que encajone su agenda transformadora y la vuelva un gesto normalizante, dejando de lado las perspectivas de clase y raza. Mi preocupación es que se transforme en un objeto de discurso inoperante, muy cómodamente moldeado y cooptable por el neoliberalismo.

Es necesario visibilizar las violencias que sufren las mujeres, pero también las violencias de otras corporalidades que no son aceptadas por la normalidad hetero/cis patriarcal.

Es importante, por lo tanto, mostrar que la enseñanza en todos los niveles de educación nos moldea tanto a mujeres como a hombres: Nosotras confinadas en el espacio privado, subyugadas; ellos, formados para el espacio público, pero por lo mismo, obligados a corresponder expectativas de éxito económico en conjunto con un ideal de virilidad que no siempre es real, ni es sano.

Por eso, para mí, la demanda de la educación no sexista es de lo más importante que ha pasado en la política chilena en los últimos años. Creo firmemente que los próximos pasos deben ser convocar y articular políticamente mucho más allá de los muros de las universidades, que son espacios aún privilegiados, para lograr instalarse. Que las demandas y las convocatorias hagan que las mujeres y disidencias sexuales no universitarias se sientan parte actuante, no solo espectadoras o “apoyadoras” del proceso. RPS