A propósito de un nuevo 11 de septiembre y de cumplirse 45 años del golpe cívico-militar de 1973, nos parece necesario avanzar hacia la consolidación de un nuevo discurso y práctica sobre derechos humanos, trascendiendo la mirada tecnocrática y de “baja intensidad” sobre esta materia, heredada de la política de los acuerdos de la transición y que ha predominado en el país durante el último cuarto de siglo.

Esta mirada ha producido que la defensa de los derechos humanos se enfoque principalmente en la búsqueda de verdad y justicia por los crímenes ocurridos durante la dictadura (grave e indignantemente inconclusa), mientras las demandas de reconocimiento, participación y no discriminación de los distintos actores sociales aparecen desvinculadas de una “agenda de derechos humanos”.

La adopción de acuerdos internacionales fortalece pero no agota el carácter de construcción política de los derechos de las personas, si estos no se garantizan ni se ponen en ejercicio. En ese sentido, la democratización de las relaciones humanas, en todos los ámbitos de la vida, requiere asumir que la defensa y el respeto de los derechos humanos es un tema cotidiano, y que la organización y movilización popular son garantías para su logro efectivo.

El virtual agotamiento de alineamiento político en torno a los ejes autoritarismo-democracia propio de fines del siglo XX, debe estimularnos a volver a dotar de contenido a la lucha por el goce pleno de los derechos humanos ¿Cómo hacemos carne los derechos humanos y los ponemos en ejercicio en nuestra forma de hacer política? ¿Cómo nos diferenciamos de sectores más a la derecha que buscan disputar el propio significante “derechos humanos” o bien promueven una banalización de los mismos? ¿Es posible que la lucha por los derechos humanos, esta vez de derechos de “alta intensidad” transformadora, vuelva a ser un eje aglutinador para las fuerzas de cambio?