Sergio Acuña es militante del Movimiento Socialismo y Libertad

El devenir de las fuerzas políticas está determinada y es determinante de la realidad histórica desde donde se sitúan. La emergencia acelerada este año de una voluntad de convergencia de parte de varias organizaciones responde al nuevo escenario abierto en nuestro país. No se encaja en la antigua aspiración de la “unidad de la izquierda” por que sí, sino que responde a la necesidad de asumir el desafío de transformar nuestra sociedad desde una correlación aún desfavorable para los intereses de los pueblos y comunidades oprimidas.

Vivimos tiempos de incertidumbre en donde campea la confusión. Si bien no podemos dar respuestas cerradas ante el futuro difuso, el contexto nos exige asumir el desafío de apostar por la unidad político-estratégica de la izquierda socialista, feminista, descolonial y libertaria.
Unidad que no se construye de la nada, sino que expresa experiencias y reflexiones comunes de las fuerzas políticas involucradas que son desarrolladas hace más de una década.

Los tiempos políticos están tomando un ritmo más acelerado de lo que nuestra militancia podría estar acostumbrada. Existen una serie de complejidades -identidades políticas, lealtades, diferencias ideológicas, desconocimiento, etc.- para asumir en este momento la apuesta de una convergencia unitaria. En coherencia con los desafíos del escenario actual, estas dificultades no deben ser disuasivas de impulsar un proceso de convergencia desde abajo que ponga sobre la mesa todo el contenido político y estratégico elaborado hasta hoy por las fuerzas involucradas.

Una de las centralidad para enfrentar el rearme de la derecha es consolidar una oposición social fuerte, que a través de la lucha social de masas pueda construir las condiciones de viabilidad para impulsar transformaciones estructurales. Sin desconocer la necesidad de legalizar un instrumento electoral propio, el punto de partida debe ser desde la práctica política en los movimientos sociales. Una unidad sustantiva sólo puede ser construida desde dónde se da materialmente la acción de nuestras organizaciones: sus bases y frentes sectoriales.

La prioridad debe ser impulsar un Congreso de Unidad que permita dibujar un camino a largo plazo que de consistencia y capacidad a nuestra acción colectiva. Diferencias seguirán existiendo, pero si estás son tratadas y canalizadas correctamente pueden significar un aporte a la elaboración política conjunta a corto, mediano y largo plazo para construir unidad de mayorías. Sólo así, las diferencias podrían dejar de funcionar como argumento para el autoflagelo de nuestro sector político. RPS