Por Mauro Díaz

Dirigente sindical de AFINJUV – Instituto Nacional de la Juventud y coordinador del Comité de Jóvenes de ANEF

El sindicalismo actual se encuentra claramente en una crisis, tanto en organización como en representación, pues cada vez ha ido disminuyendo su validez y legitimidad en la ciudadanía debido a las luchas de los distintos partidos políticos por la conducción de las principales agrupaciones de trabajadores y trabajadoras.

El Plan Laboral ideado por la dictadura militar limitó mucho la actuación de los sindicatos, estableciendo barreras en su constitución, reconduciéndola sólo dentro de la empresa, como también regulando la negociación colectiva, no permitiendo una negociación ramal como ocurre en gran parte de los países del mundo, especialmente en Europa. Estas situaciones no permiten una efectiva defensa de los intereses de la clase trabajadora, siendo difícil aunar criterios de negociación en base a los rubros, y más aún, haciendo imposible el establecimiento de parámetros uniformes, justos y dignos en cuanto a mejoras en las condiciones de trabajo.

No obstante, además de las trabas antes comentadas impuestas por el Código del Trabajo, el mismo movimiento sindical se ha autolimitado y auto flagelado en sus manifiestas disputas de liderazgo y cooptación directiva, mostrando desorden, desunión, poca transparencia, falta de democratización en sus actos, abandono de objetivos y por consecuencia, pérdida de representación popular, aletargándose en la comodidad del fuero, el café y las reuniones con galletas. Estas situaciones son percibidas por el adversario ideológico, aprendidas y devueltas en ataques normativos y jurídicos que a la postre han sido indefendibles por la misma incapacidad de articulación que hoy día, tristemente, tiene el movimiento sindical en Chile. Esta última situación queda de manifiesto en las marchas del día del trabajador, donde las bases sindicales participan escasamente a diferencia de los partidos políticos y diversas organizaciones sociales, que no van por ser trabajadores o trabajadoras, sino que concurren debido a su obediencia de militante partidista.

En ese mismo orden de ideas, vemos que la situación desventajosa con la que corren hoy las organizaciones sindicales ante la autoridad, no pone en alerta a sus cabezas quienes, disfrutando de la comodidad de la representación nominal en la que se encuentran, permiten cristalizar las ideas neoliberales de las autoridades gubernamentales, permitiendo una agudización del menoscabo de la clase trabajadora, limitando sus derechos, y precarizando y flexibilizando su relación laboral. Esto ha quedado en evidencia con la reforma laboral, y hace unos pocos días, con la aprobación de la Cámara de Diputados del contrato especial para jóvenes estudiantes. Es preocupante el nulo o tardío accionar en cuestiones que deben ser el eje central de toda organización, llegando siempre unos kilómetros más atrás del empresariado, que en los últimos años sigue desarticulando la acción de las y los trabajadores, oprimiéndolos de sobre manera en base a la construcción de una sociedad mercantil que cada día crea necesidades ficticias.

Precisada la problemática anterior, debo plantear y aventurarme en una posible solución a la situación actual de los sindicatos, es por ello que creo necesario revitalizar los espacios de representación existentes, pues la desconfianza y menor consideración que tienen en la actualidad para la opinión pública, no viene asociada al nombre de una central, agrupación, confederación, federación o cualquier otra organización sindical, sino que más bien a las dirigencias y cúpulas que hoy las dirigen. Por lo tanto, la forma que debemos adoptar no es quebrar la lucha, sino que más bien formar bases conscientes e informadas de la necesidad del sindicato como medio de equilibrio entre trabajadores y trabajadoras con el empleador. La unidad en la lucha permite la consecución de los fines perseguidos, pues se demuestra un solo objetivo supremo, como lo hace actualmente la clase dominante en Chile, que actúa de manera ordenada y concentrada en lo que buscan. Como dijo Álvaro García Linera, “Las clases dominantes están en el poder porque pueden ejercer un mando unificado y articulan en torno a este a las clases subalternas, que por definición son clases fragmentadas. Entonces, una revolución es el momento en el que los subalternos abandonan su subalternidad porque se unifican”. No es sino eso lo que le falta al sindicalismo chileno, generar representación real en base a un objetivo claro, que, por ende, generará la unión deseada para equiparar la lucha.

Muchas de las mayores luchas o movimientos sociales se han generado en razón de un fin transversal a la ciudadanía, logrando un impacto tremendo en la opinión pública y en los gobiernos de turno. En el último tiempo han ocurrido casos de esa naturaleza como es el movimiento feminista o la Coordinadora No+AFP, quienes identificando un problema real, pudieron poner la discusión encima y generar conciencia de cambio. Por lo tanto, una de las primeras luchas debe ser identificar y mostrarle a la ciudadanía el perjuicio que existe hoy en su relación laboral, cómo el camino de la derecha está dirigido a la pérdida de derechos históricos y a la profundización del liberalismo económico en la clase trabajadora.

En virtud de lo anterior, es necesario informar a las bases y sembrar la necesidad de la organización, no obstante, una revitalización de las mismas va de la mano con construir la confianza de sus asociados con sus líderes, y esto únicamente es posible posicionando caras nuevas en la disputa. Existe el deber imperioso de mostrar cambios y estos sólo pueden tener su inicio en potenciar bases y líderes nuevos para proyectar cambios profundos. Esta medida propuesta no apunta a cambios instantáneos, sino a largo plazo, despojándonos del egoísmo y egocentrismo que todos tenemos, y dar paso a la solución de la verdadera disputa. Con el retroceso que hemos sufrido, debemos dar paso necesariamente a una reconstrucción desde los cimientos, pero partiendo de bases sólidas que sean capaces de demostrar que la esencia de estas organizaciones, la defensa de los intereses generales por sobre los particulares, sigue viva y son el bastión de toda lucha.

Por tanto, debemos volver a la pulcritud de la organización, creando figuras políticas y morales capaces de identificar elementos problemáticos en la naturaleza de la sociedad, y encender la capacidad motora de articulación de nuestros trabajadores y trabajadoras en beneficio de la sociedad entera. Citando nuevamente a García Linera “La fuerza de lo popular radica en su fuerza moral”, por ende, si logramos la confianza de nuestro actuar por parte de la opinión pública, nuestra lucha será victoriosa. RPS