Carlos Durán Migliardi es militante del Movimiento Autonomista

Hace un siglo y medio atrás, Carlos Marx caracterizaba su tiempo como una deriva en que “todo lo sólido se desvanece en el aire”. Con ello, se refería no solo a la naturaleza revolucionaria de las formas de producción capitalistas que lograban alterar la tradición, des-territorializar y re-territorializar, amplificar exponencialmente las capacidades productivas y reinventarse de modo permanente, sino que también a la forma que adquirían las dinámicas sociales en su totalidad: cambio permanente, crisis y reinvención como marcas epocales de un tiempo en que la certidumbre de la tradición quedaba atrás.

Nuestro contexto contemporáneo nos vuelve a actualizar el diagnóstico de Marx: bajo nuevas modalidades, las dinámicas del capitalismo global contemporáneo han producido una desestabilización de las formas propias de la época fordista y keynesiana: los estados-nación han sido desbordados; la movilidad, desintegración y acumulación flexible han ido dejando atrás a la vieja ciudad industrial; los procesos de acumulación se han descentrado y la capacidad de conducir las dinámicas económicas desde un “comando central” se ha desvanecido.

Junto a esto, los principios mismos de la democracia liberal-representativa, ingenuamente sentenciados como “el único juego posible” una vez derrumbados los socialismos reales, han comenzado a mostrar sus límites a la hora del cumplimiento de sus promesas de producción de cohesión social: la des-ciudadanización se acelera, produciendo formas precarias de pertenencia a comunidades políticas cada vez más erosionadas; la idea misma de soberanía se desvanece frente al poder de las lógicas mercantiles globales, y los otrora sacrosantos valores democráticos del respeto a la diversidad, la tolerancia y la inclusión democrática son subvertidos desde las múltiples derechas ávidas de producir sentido ahí donde prima la incertidumbre.

Son tiempos de crisis, qué duda cabe. Pero también son tiempos de oportunidades, manifestadas en el surgimiento de múltiples expresiones de resistencia y construcción alternativa de nuevas formas de sociedad: nuevas formas de subjetividad que luchan por recuperar la soberanía de sus espacios vitales; que buscan extender los márgenes de lo posible y recuperar el derecho a tener derechos; ciudadanos y ciudadanas que luchan por recuperar el derecho a la ciudad, que alzan su voz por la defensa del medio ambiente frente a la depredación mercantil; hombres y mujeres que extienden los márgenes de lo posible alterando los sentidos comunes y construyendo agendas de cambio disruptivas.

Tal es nuestro escenario actual. Un contexto de crisis que nos amenaza pero que también nos abre oportunidades, una de las cuales fue la emergencia del Frente Amplio durante la contienda electoral del año 2017. Una emergencia que, más allá de sus éxitos en cuanto a elegir parlamentarios, obtener una maciza votación presidencial y parlamentaria y colocar en el debate público nuevos temas y propuestas alternativas – nacidas desde un proceso participativo que acogió además décadas de elaboración autónoma al calor de las luchas sociales-, constituyó solo un hito en la larga marcha de construcción de un espacio político capaz de encarnar y conducir un proyecto efectivo de cambio radical para Chile.

De aquí en más se requiere de la conversión del Frente Amplio en un espacio ágil, eficiente y convocante de la diversidad de luchas sociales; un referente político capaz de hablar en idiomas diversos y de aportar a la construcción de un proyecto político radical, capaz de intervenir eficazmente sobre la realidad y que tenga las condiciones para disputar efectivamente todos aquellos espacios de poder, incluidos los institucionales. Y es precisamente para el logro de estos objetivos que adquiere sentido el proceso de convergencia que un conjunto de organizaciones provenientes de diversas tradiciones políticas y luchas sociales nos encontramos llevando a cabo, con el objeto de aportar a la construcción de un proyecto político radical con voluntad y capacidad de gobierno.

Deseamos aportar a la construcción de un proyecto radical, porque estamos seguros que Chile requiere una transformación profunda de aquellas bases que sustentan un tipo de sociedad en la cual el poder se encuentra concentrado, la soberanía de los territorios es una ficción, los derechos son una declaración vacía y la democracia un espacio de reproducción de lo dado.

Pero la radicalidad es mucho más que una declaración de voluntad. La radicalidad de un proyecto político se logra cuando aquello que imaginamos como un mundo posible lo convertimos en un camino efectivo. Y para ello, se requiere de a lo menos tres condiciones:

Mayorías: un proyecto radical no precisa de vanguardias autoreferidas, sino que de mayorías dispuestas a empujarlo. Y para ello, nuestra voz debe dirigirse siempre a los ciudadanos y ciudadanas que no piensan que es posible transformar sus vidas más que a nosotros mismos.

Programa: los deseos de transformación nunca serán eficaces si no se traducen en un programa que muestre una alternativa, que prefigure el futuro que deseamos. No basta con impugnar lo dado: debemos empujar lo nuevo, construyendo programa, elaborando propuestas, imaginando formas distintas de organización de la vida.

Organización: los procesos sociales son posibles de empujar en la medida en que existan hombres y mujeres que se organizan, planifican y elaboran estrategia. La tarea política de correr los cercos es una tarea esencialmente colectiva que requiere de organización, táctica y estrategia más que de individualidades.

Para todo esto es que consideramos puede aportar la convergencia. Creemos en la construcción de un referente frenteamplista capaz de aportar al objetivo de construcción de mayorías, elaboración programática y organización para la puesta en marcha de un proyecto político de transformación radical, un proyecto cuyo norte sea la distribución efectiva del poder, la recuperación de la soberanía de los territorios, de l@s sujet@s y de los cuerpos, la transformación efectiva de las condiciones materiales que someten a las mayorías a la pobreza, el endeudamiento, la explotación y la incertidumbre vital.

« se requiere de la conversión del Frente Amplio en un espacio ágil, eficiente y convocante de la diversidad de luchas sociales »Creemos, en definitiva, que hoy es la oportunidad de construir un instrumento que acoja no solo la diversidad de tradiciones políticas del mundo de las izquierdas, sino que también logre abrirse a la diversidad social y a una diversidad de formas de militancia que permitan que, en un marco de fraternidad y acogida, todos y todas puedan aportar su grano de activismo. Porque para desbordar lo posible y hacer de los sueños de cambio radical un camino viable, necesitamos sumar todas aquellas energías de transformación que aún no encuentran su lugar. RPS