DESPLEGANDO EL ORGULLO, REPLEGANDO EL ODIO

El pasado sábado 22 de junio fuimos testigos de cómo nuevamente “las grandes alamedas” se tiñeron de arcoiris, de fiesta y de protesta. A 50 años de los disturbios de Stonewell, reivindicamos el derecho a la diferencia, la expresión libre y sin miedos de orientaciones sexuales, de identidades de géneros y de lxs cuerpxs.

Ante la avanzada conservadora que gana cada vez más espacios apelando a la estabilidad, las tradiciones y a la higienización del deseo, los movimientos LGBTIQ+ intentan una vez más derribar el cerco moral que las iglesias han marcado a través del odio y del castigo, y que se expresa en lo más profundo de nuestra institucionalidad, pero también en las costumbres y culturas, principalmente en los sectores y territorios más vulnerabilizados ahí donde, en mi opinión, será el próximo campo de batalla ideológico. Por una parte, la fraccionada izquierda aún no puede hacerse cargo de permear los sectores más precarizados en relación a las transformaciones profundas en el orden de las sexualidad y de la garantización de derechos humanos. Por otra parte, nos encontramos con una nueva configuración de la derecha, que no se debilita, sino que vuelve a reorganizarse ante el crecimiento de los grupos reaccionarios que se revisten de garantes del orden (de la normalidad) ungidos nuevamente por las iglesias.

Ante esto, lo que está en disputa hoy, no es solamente la eterna y patriarcal promesa del matrimonio igualitario y las otras demandas gremiales del movimiento LGBTIQ+. Ahora nos toca avanzar en la interseccionalidad de un proyecto político que trascienda los límites de lo sectorial, un proyecto donde el feminismo sea articulador de la acción y no solo del discurso, y que las diversidades sexuales sean también fuente para construir un nuevo pacto social en base a la cuidadanía, la fraternidad y la no violencia.

Quienes hemos transitado desde las disidencias sexuales de los dosmiles, hacia el activismo institucional de esta década, sabemos que hay que dejar de boicotearnos (replicando esas sempiternas peleas de “colas chicas”) y dar cabida al activismo LGBTIQ+ en todas sus expresiones y espacios como una estrategia de transformación más profunda de nuestra sociedad. Entonces, ¿cuál es el problema en que seamos activistas desde las disidencias sexuales, desde la militancia partidista o desde otro espacio? Me pregunto esto, porque mientras disponemos de tiempo y ganas para discutir a qué lado de la marcha poner nuestros lienzos, nos siguen pasando por encima los camiones de las “marcas” haciendo gala de lo que mejor sabe hacer el neoliberalismo, poner al mercado como el ente regulador de las relaciones sociales y como el garante de la igualdad. Y vamos nosotres y les otres, relegados y reducidos a simples consumidores, una vez más despreciados como sujetes de derechos.

Frente a las luchas egocéntricas por imponer un espacio de activismo por sobre otro, digo sin temor “pongo el culo compañero” (replicando a Lemebel). Las asambleas en cómodas sedes de facultades privilegiadas sólo sirven para satisfacer egos, son la otra plaza pública (pero privada) donde me muestro para ser visto, donde hablo fuerte para que voten por mí. “Pongo el culo compañero” porque marchar dos veces al año visibiliza solo una parte de una demanda que es mayor, y que debemos salir a disputar a las poblaciones, a las juntas de vecinos, a los clubes de adulto mayor, a las plazas públicas de verdad y si no hay plazas, a la calle.

El territorio, y su identidad local, debe ser el lugar para nuestras nuevas disputas, aunque no nos acomoda estar, pues es donde nos siguen golpeando, discriminando y matando. Sin embargo, es donde debemos hacer la transformación y poner el culo. Nosotrxs debemos hacer articulación local, debemos tomarnos los territorios, para empoderar a “las maricas, trans y lelas”, para agitar a lxs trabajadorxs sexuales, para mover a los adultos que no saben cómo hablar de sexualidad con sus hijxs o simplemente para que no nos maten.

En las marchas uno grita, canta, protesta y conversa. El fin de semana a cuatro cuadras de la Alameda, alguien me dijo: “la agenda de la diversidad sexual se está quedando corta”. Antes de responder, observo y escucho lo que pasa delante mío, la muchedumbre, las banderas (las de arcoiris y las otras), la música y los cánticos. Me embarga una sensación de esperanza y pienso ¿cómo no vamos a ser capaces de salir a disputar nuestros espacios locales? Nos quedamos cortos y somos mezquinos si nos encerramos en los edificios de nuestras ideas y no caminamos por las avenidas de las acciones, para sacar del poder a quienes escuchan más al cura o al pastor pero no al pueblo que necesita ser escuchado.

¡Seguimos marchando, sigamos luchando para vencer!