Pablo Mora es parte de Convergencia Social, comunal Angol

Tu, hipócrita que te muestras
Humilde ante el extranjero
Pero te vuelves soberbio
Con tus hermanos del pueblo.
Oh, maldición de malinche,
Enfermedad del presente
¿Cuándo dejarás mi tierra.?
¿Cuándo harás libre a mi gente?”

Cuenta la leyenda que la Malinche fue una mujer que en la época del imperio Azteca fue hecha esclava por los españoles y que luego como traductora, consejera y compañera del conquistador Hernán Cortés, jugó un papel importante para la conquista y colonización de México. A través de este relato, la Malinche es ocupada como ejemplo de traición y de apego por lo extranjero.

Más allá del gesto muy machista y misógino de atribuir a una sola mujer tamaña tragedia, este relato muestra de alguna manera cómo, así como también pudo ocurrirle a la propia Malinche, las personas y los pueblos de esta parte del mundo quedamos como objetos de explotación bajo nuevos principios económicos, políticos, sociales y religiosos.

Y es que ser colonia de España para Latinoamérica es el evento fundante que otorga el sello de lo que hoy somos como pueblo y del cómo nos pensamos.

Cuando España nos invade o “coloniza” nos impone el idioma y con ello su modo de construir o estructurar la realidad social política y cultural, dejamos de ser quienes éramos en origen para ser un híbrido con el colonizador.

Ser hijos de un proceso colonizador implica un legado de derrota de lo indígena versus lo extranjero, implica relaciones sociales marcadas por la sumisión y el vasallaje, la consideración de lo externo como valor máximo en desmedro de lo propio, implica que “por la razón o la fuerza” (normalmente por la fuerza) te define un otro que además siempre sigue añorando su origen, cuyo referente principal no eres tú, ni tu particularidad, sino algo en otra parte, lejos, con todas las consecuencias de enajenación que ello trae.

Por eso hoy, igual que ayer, nos es fácil adoptar nuevas expresiones idiomáticas y culturales; nuestra añoranza con ser lo que no somos, el pueblo que no quiere asumirse como tal sino como “clase media”, es una expresión de la indefinición como forma de escapar de una realidad de precariedad o de sueños incumplidos.  Por eso resulta lógico doblegarse ante el “patrón” al igual como por la razón o la fuerza lo hicieran los inquilinos, ante el político o el tecnócrata que habla difícil, porque “el sí sabe” respecto de cuestiones que yo no entiendo, y entonces dejamos que el externo, el otro, decida sobre nuestras vidas y nuestro destino individual y colectivo.

Lo que sigue tiene que ver con la invisibilización de lo indígena como otro síntoma del pensamiento colonialista, que se relaciona con la expresión constitucional “todos somos chilenos”. Esta frase tiene como subtexto la anulación explícita de la diversidad de pueblos-naciones que constituyen la sociedad chilena (Aymaras, Rapa-Nui, Mapuche, entre otros), estableciendo de modo factual la unicidad de lo nacional y la subordinación completa de los diferentes territorios al centro político y administrativo del país en la toma de decisiones. No hay peor condición que la homogenización de la población que habita el territorio nacional, que le niega su pluriculturalidad y la diversidad enriquecedora que la constituye.

El colonialismo implica asimismo naturalizar la relación colonizador/colonizado, vencedor/vencido, patrón/inquilino.  Conlleva validar y asumir una relación en donde de antemano sabemos quienes son los que por lógica “deben” detentar el poder (político, militar, económico, cultural, de conocimiento), ya sea por tradición, por apellido, por sus redes e influencias, por su dinero. Mientras, los desposeídos de tales poderes generalmente obedecen sin muchos cuestionamientos aquel orden social.

América Latina, como lo describe la canción de Amparo Ochoa, sufre hasta hoy la maldición de Malinche.