VENEZUELA EN LA ENCRUCIJADA Y LA SUPERACIÓN DEL NEOLIBERALISMO

Hace algunos días atrás, en el marco de mis responsabilidades sindicales, tuve la oportunidad de participar en el 1er Encuentro Internacional de Trabajadores y Trabajadoras en Solidaridad al Gobierno y al Pueblo Venezolano realizado en Caracas, Venezuela.

Mi última visita a Caracas había sido en diciembre de 2012 cuando fui invitado a participar del 1er Aniversario de la Central de Trabajadores Bolivariana. Por esos días el presidente Hugo Chávez estaba enfermo y fallecería 4 meses más tarde. En esa ocasión pude conocer directamente los avances sociales de la Revolución Bolivariana. Era un tiempo en que se fortalecían los cimientos del proceso de transformación y cambios impulsada por una marea bolivariana que sacudía a toda Latinoamérica.

Vuelvo a Venezuela 7 años después en un escenario muy distinto. El Comandante Chávez ya no está físicamente junto a su pueblo y varios de los proyectos populares y emancipadores que prosperaron en nuestro continente durante estas dos últimas décadas han perdido cuotas importantes de poder político, en parte producto de errores propios, pero también por el avance de los sectores reaccionarios que, haciendo uso de oscuros mecanismos de manejo de la opinión pública a través de medios tradicionales y digitales, han sido capaces de organizar un discurso de odio en donde las Izquierdas y las fuerzas transformadoras se definen como incapaces para conducir y gobernar a sus comunidades y donde la devastación capitalista se minimiza, se niega o se pinta como condición inevitable para alcanzar un supuesto “progreso” que no es otra cosa que la multiplicación de las utilidades de los dueños del capital en desmedro del medioambiente y del pueblo trabajador.

Inicié este viaje a Venezuela con la esperanza de visitar a un pueblo que resiste, esperanza fundada en haber conocido la dignidad de las luchas sociales de muchos otros pueblos en distintos territorios. Pero no todo era esperanza. También llevaba en mis pensamientos los argumentos de quienes incluso desde nuestras propias filas y apoyados en una sospechosamente cómoda vehemencia democrática, acostumbran a juzgar el proceso venezolano con una dureza aséptica que suele ser muy aplaudida por la prensa mercurial y por quienes hacen política desde el espacio de los privilegios.  

Si tuviera que resumir mi impresión general de lo que vi en Caracas, diría que fui testigo de un país que funciona, que palpita, a pesar del asedio. Fui testigo de un pueblo que conserva su impulso transformador, a pesar de la acción abiertamente desestabilizadora de sectores radicalizados de la oposición y de la amenaza constante de intervención militar de los Estados Unidos y sus gobiernos lacayos.

Las amenazas que enfrenta Venezuela no se limitan a las palabras. Se hacen realidad a diario en repetidas acciones de sabotaje como los perpetrados contra el sistema eléctrico, el acaparamiento de mercancías, el bloqueo económico y una ofensiva comunicacional que va desde la simple propaganda a acciones perfectamente calificables como actos de guerra psicológica en contra del gobierno y del pueblo venezolano.

Fui testigo de un proceso popular, que a pesar de experimentar una constante amenaza golpista ha sido capaz de mantener muy altos niveles de libertad de expresión y de prensa, imposibles de imaginar para quienes vivimos la dictadura en Chile.

Vi una Venezuela bajo ataque, pero sin miedo. Un pueblo con una dignidad conmovedora, capaz de mantener una resistencia que evoca la gesta de la Cuba Revolucionaria o el destello del proyecto de la Unidad Popular que lideró el presidente Salvador Allende.

Entre las decenas de líderes y lideresas sindicales de todo el mundo que nos dimos cita en Caracas, pudimos reflexionar, dialogar y dar cuenta de nuestras propias experiencias. Desde perspectivas y contextos diversos, coincidimos en determinar como el capitalismo en su fase neoliberal está devorando los recursos planetarios, recortando sin tregua los derechos alcanzados por las luchas obreras y empujando a millones a sobrevivir en condiciones de marginación política y territorial.

Coincidimos en identificar a la máquina depredadora neoliberal como la principal instigadora de conflictos violentos en distintas partes del mundo. En este contexto, las trabajadoras y trabajadores reunidos en Caracas nos comprometimos a empuñar con fuerzas las armas de la paz y la solidaridad internacional como una tarea de primer orden.

El punto central es que resulta evidente, incluso para los propios capitalistas que, de mantenerse este rumbo de depredación, la supervivencia de la especie humana está en riesgo. En su fuero interno, los propios capitalistas saben que evitar este desastre civilizatorio exige de esfuerzos colectivos que necesariamente subordinen la codicia individual al bienestar de la sociedad.

La situación descrita implica que el proyecto capitalista tiende a agotarse y este agotamiento, esta falta de horizonte, les está empujando a formas aún más autoritarias y populistas que mucho se parecen al fascismo.

Vuelvo a Chile convencido que una de las tareas políticas fundamentales en este escenario de inestabilidad global es impedir que el engendro fascista-neoliberal permee las capas populares y los sectores medios despolitizados con su imaginario individualista, segregador y profundamente consumista.

Esa es la tarea que tenemos por delante los trabajadores del mundo: enfrentarnos al capitalismo en una apuesta colectiva y que, desde la perspectiva de la construcción y consolidación de derechos comunes, seamos capaces de imaginar un socialismo para este Siglo XXI.