Gustavo Pacheco es parte de la Coordinación Nacional del Movimiento Dignidad Popular

Toda crisis tiene dos caras. La primera, su expresión más inmediata, es la tendencia al desorden, a la espontaneidad y a lo que algunos llaman –podríamos decir que mañosamente– ‘ausencia de reglas’ y/o anomia social. La segunda, es la oportunidad. La posibilidad de cambio de los sistemas sociales que se advierte en los claroscuros de la misma crisis y, sobre todo, en las contradicciones e insuficiencias que estas develan en el funcionamiento de las comunidades políticas.

Aquí iniciaremos la reflexión sobre el segundo aspecto, pero, antes de continuar es necesario responder: ¿qué tipo de crisis atravesamos?

Si el caos y la incertidumbre al que nos enfrentábamos como humanidad antes de la propagación de la pandemia ya era considerable, una de las pocas cosas que podemos decir con seguridad –más allá del problema de sus orígenes–, es que la emergencia de este virus ha profundizado esta situación. El escenario pre-coronavirus venía caracterizándose por: 1) crisis del imperialismo y de la hegemonía estadounidense; 2) un acelerado reordenamiento en la geopolítica mundial que hace transitar de un mundo unipolar a uno multipolar; 3) una exacerbación de la polarización que ha propiciado la emergencia de proyectos reaccionarios y de ultraderecha; y 4) el estancamiento económico y la entrada a una recesión global o ‘agotamiento’ del patrón de acumulación capitalista en su fase neoliberal, fuertemente vinculado a la deuda, al copamiento de los mercados mundiales por parte de las potencias, al desarrollo exponencial de la tecnología en la producción, a la depredación ambiental y al dominio de una ética patriarcal.

Por su parte, y más allá de los matices en la explicación de la crisis, existe un consenso cada vez más amplio en que nos encontramos ante un cambio de época. Mientras que para la izquierda esto se manifiesta más o menos en los puntos ya enunciados y en la noción de una crisis sistémica o terminal del capital, para algunos en el mundo académico, esto es una crisis del liberalismo como proyecto de sociedad (lo cual se resolvería con una ‘revisión’ de éste y no a partir de la necesidad de valerse de otros cuerpos teóricos, como podría ser la teoría crítica). Por su parte, los sectores conservadores y de derecha aducen a este momento político una crisis en las expectativas que ha generado la sociedad liberal, dotando de una singular culpa a los ‘malos ciudadanos’ y su incapacidad de seguir la ‘normalidad’ de las democracias constitucionales y/o representativas, advirtiendo una deficiencia en la virtud republicana de hacerse parte del cuerpo social sin corromperlo. Sea como fuere, nos encontramos ante un período histórico donde se están redefiniendo las características de un nuevo orden mundial, pero donde todavía nada nos asegura que ello será mejor al que hoy está en crisis. 

A su vez, la expresión de esta crisis en América Latina y El Caribe tiene diversos antecedentes y características, entre ellas, la dominación neocolonial que Estados Unidos ha ejercido en la región -mediante la aplicación de las políticas económicas del Consenso de Washington y el control de las oligarquías nacionales en nuestros Estados-, además del resguardo geopolítico que hoy se ve obligado a reforzar en la que considera su retaguardia estratégica, ante el deterioro de su dominio hegemónico global.

Ahora bien, ¿cómo se expresa en Chile esta crisis global?, más aún, ¿qué respuestas y salidas se proyectan desde el movimiento popular?

Tras la revuelta popular iniciada en octubre de 2019, el escenario nacional se caracteriza por un cuestionamiento radical del régimen político vigente y del actual pacto de dominación del bloque en el poder. Esto ha propiciado un momento constituyente, abriendo posibilidades ciertas a los sectores populares para cambiar, más a su favor, la correlación de fuerza en la lucha de clases; el carácter del Estado; y el régimen político. Esto ha sido fruto de la conjugación de factores como el ascenso de la lucha de masas; el estancamiento del patrón de acumulación neoliberal (cargado en los hombros de las y los trabajadores); el alto coste de la vida; las grandes tasas de endeudamiento; las colusiones del gran capital; sus altas tasas de ganancias; las precariedades estructurales y cotidianas; los escándalos de corrupción; y el descrédito del sistema político entre otros aspectos. Con todo, la respuesta represiva a las movilizaciones y el mal manejo de la pandemia, además de sus consecuencias sociales y económicas, no solo aceleran la crisis en el ámbito nacional, sino que exigen poner en el centro de la acción política las salidas que hemos de propiciar al respecto desde el campo popular.

En consecuencia, ¿cómo respondemos nacionalmente a la crisis? Al contrario de sólo ofrecer medidas o pactos puntuales, al entender -y asumir- la crisis actual como una crisis sistémica, la mejor respuesta es apostar por conformar un nuevo proyecto de sociedad y modelo de desarrollo –en base a las características globales, regionales y nacionales del momento histórico que está gestándose– que: 1) recoja y exprese los intereses y reivindicaciones del movimiento popular; 2) busque dejar atrás los elementos sustantivos de la sociedad capitalista neoliberal y; 3) se reconfigure en una nueva fuerza social y política para desmantelar el actual sistema político, económico y social, a la par de contribuir en la edificación de uno nuevo que articule, dinámica y creativamente, una ofensiva de la organización y lucha popular, con las disputas institucionales que restan en el viejo Estado y, por sobre todo, las que se vayan configurando en el nuevo régimen.

Asimismo, dicho proyecto de sociedad requiere: 1) definir áreas estratégicas que aseguren irreversibilidad en lo logrado, proponiendo elementos centrales en los ámbitos de la educación, el trabajo, la salubridad, las relaciones internacionales y la seguridad y defensa nacional; 2) elaborar un programa que aborde estas dimensiones más fundamentales de la sociedad, con sus respectivas estrategias e itinerarios; y 3) la presencia de nuevos actores sociales y políticos propios de este tránsito histórico, que conduzcan y articulen el proceso dentro del campo popular y su lucha contra los sectores del actual bloque en el poder que, inevitablemente, le harán frente y se desplegarán para impedirlo.

La crisis sistémica actual, como nunca nos ha abierto la oportunidad de volver a plantear proyectos globales, y ya no sólo mejoras. Ante ello, ¿recogeremos el guante?


Referencias bibliográficas

  • Deneen, Patrick. (2018) ¿Por qué ha fracasado el liberalismo?
  • Borón, Atilio. (2012). América Latina en la geopolítica del imperialismo