La victoria de Salvador Allende y la Unidad Popular fue no sólo política, sino también social y cultural. Su triunfo electoral del 4 de septiembre de 1970 y sus mil días de gobierno son la gran referencia de la izquierda en Chile, en tanto representa el punto cúlmine de un proceso de larga duración que puede ser rastreado desde comienzos del siglo XX (con la formación del primer partido obrero chileno: el Partido Obrero Socialista (POS), fundado por Luis Emilio Recabarren), y que fue fortalecido en adelante por un conjunto de experiencias y formas de sociabilidad y organización política-social dentro de la clase trabajadora, moldeando un sentido común crítico y un sueño de otro país posible.

En ese proceso, el mundo de las artes jugó un rol fundamental, marcando un fenómeno epocal, donde arte y política definieron una identidad popular a través de un universo cultural común. Pero sobre todo el triunfo de la Unidad Popular fue posible por las movilizaciones y luchas sociales que consolidaron un movimiento popular en base a algunos objetivos claramente identificables y desde una fuerte conciencia o identidad de clase, y que posterior al triunfo de Allende desbordaron la práctica de la democracia institucional, mediante un conjunto de iniciativas que planteaban un ejercicio directo de ella, en oposición al modelo liberal representativo.

El desarrollo de experiencias de construcción de poder popular en Chile, no solo surgen como una respuesta ante una necesidad urgente y reivindicativa, sino también como forma de ejercicio directo de la democracia, a manera de autogestión, planteando un camino paralelo a la teoría revolucionaria oficial del momento, donde el ícono del poder estaba centrado en el Estado.

Consideramos esta experiencia un elemento central a rescatar, mirando en perspectiva lo que finalmente terminó por liquidar dramáticamente este proceso  a partir del 11 de septiembre de 1973. El conflicto, en su núcleo central, no se dirimirá a través de los marcos de la institucionalidad, por lo que es fundamental fortalecer las instancias de organización en pos de la construcción de poder popular. Y es que es ahí, en las prácticas de organización autónoma de los territorios, barrios y comunidades  donde se le otorga sentido histórico a la política, y donde se construye el germen de un nuevo Estado y de una nueva sociedad.

Lo anterior no implica, sin embargo, desechar un camino institucional sino que, por el contrario, entenderlo como un proceso que, de la mano de la construcción de poder popular, permita avanzar en la instalación de condiciones proclives para una revolución que deje finalmente atrás el capitalismo e instale una sociedad distinta.

Hoy, donde la movilización popular vuelve a tener protagonismo y presiona por cambios sustantivos a las condiciones de vida y a las relaciones sociales en el país, es fundamental recuperar la relación entre estas dos esferas, especialmente en vista de los desafíos a los que se enfrentará la izquierda en los próximos meses. Esto requiere, por cierto, recomponer paulatinamente la escisión entre lo social y lo político que ha sido característica del período posdictatorial, aunque esta vez bajo nuevas formas y sentidos que permitan recoger la experiencia del siglo XX y dar respuesta a aquellas que plantea el siglo XXI.